lunes, 27 de octubre de 2014

Buenos días, venía a la entrevista de trabajo.

 
Debo haber hecho más de mil entrevistas de trabajo desde que a los diecinueve años me sometí a la primera de ellas en busca de algún ingreso extra que complementara la racionadísima cantidad que mi madre me daba de la beca para estudiar, comer y vivir (con todo su esfuerzo, siempre le estaré enormemente agradecido).
Quería poder salir más de fiesta, comprarme ropa que no fuera la heredada de mis hermanos para crearme un estilo que aún hoy no termino de definir y hacer alguno de todos los viajes que por entonces tenía pendientes (la mayoría de ellos, por cierto, siguen incumplidos). Y quería empezar a ser independiente, ganarme el pan con el sudor de mi frente.
Ahora, sencillamente, necesito -en todos los sentidos- trabajar; por encima de los trapos, las juergas, los viajes y hasta la independencia. Es una cuestión de salud mental.
Hoy día sigo poniéndome casi tan nervioso como aquella "primera vez" cuando tengo que enfrentarme al exhaustivo examen que implica ser valorado por un/a entrevistador/a, especialmente si el trabajo al que opto me interesa mucho, como era el caso.
 
Fragmento de Delia, cortometraje dirigido y guionizado por Antonio Lebrero e interpretado
por Rosa Romero y Toñi Gutiérrez.
 
 
Calcula tus palabras, mide tus gestos, controla tus manos y tus brazos, no te cruces de piernas y jamás de brazos, mira a los ojos pero sin intimidar, no interrumpas pero no te quedes callado. Di lo que quieren oír pero siendo relativamente honesto. Enfatiza tus virtudes sin soberbia, muéstrate humilde aunque no sumiso del todo. Con personalidad a la par que con actitud y aptitud para la obediencia. Interésate primero por la/s labor/es a desempeñar, el horario y sutilmente, nunca sin preguntarlo directamente, averigua cuál sería la remuneración (¿bruta o líquida?) en caso de que te seleccionaran.
 
Un alto porcentaje de esas más de mil entrevistas de trabajo, muy a mi pesar y sin sentirme nada orgulloso de ello, han sido para cubrir distintos puestos de teleoperador en distintas empresas y campañas -últimamente incluso de ventas, mis principios éticos se van esfumando como los euros en mi cuenta corriente-, a cada cual más vomitiva.
 
 
No obstante, todas ellas han sido igual de predecibles. Con los años y la experiencia ya sabes la carencia de trato humano de ese tipo de empresas (es literal lo de que los trabajadores son "meros números" para las divinas esferas de poder que las manejan), sus precariedades laborales y su robótico proceso de selección-formación-contratación-despido. Sabiendo, pues, el guión resulta más fácil de interpretar, decir las palabras correctas y mentir descaradamente a sabiendas de que ni siquiera estás siendo creíble para quien se supone que te está escuchando (realmente, lo que está haciendo es escudriñarte de pies a cabeza y por dentro de tu cerebro).
 

 
 
 
La falta de práctica, en cambio, para realizar una entrevista en la que podía optar a un puesto en cuya oferta se valoraba expresamente esa "bonita" titulación universitaria que tanto me costó sacar y que tan de adorno me ha servido casi siempre, me hizo sentir de nuevo un novato torpe en el menester de conseguir un trabajo.
Y desde que salí de allí hasta que recibí el mail en el que se me comunicaba que a pesar de mi adecuado perfil había candidatos más cualificados por lo que, por el momento, preferían reservarme para futuras ocasiones; mi cabecita loca fue todo un maremágnum de incertidumbres.
¿Qué hice bien y qué mal? ¿hice algo bien? ¿todo mal? ¿bien hasta que metí la pata con aquella respuesta, aquella frase, aquella mirada de soslayo a la decoración de la oficina?
 

 
Como siempre que deseo algo con mucha fuerza mi inestable talante se disfraza de una extraña mezcla entre hiper-seguridad y supra-temores hacia mi persona. Un ego que termina titubeando  tanto como mis palabras al "hablar de mí, de mi experiencia y de mi formación". Y ahora no sabría decir si resulté convincente o tan sólo un penoso y descarado manojo de inseguridades.
Para colmo, la oferta de trabajo me llegó a través de Facebook y a todas las dudas de siempre se suma ahora también la de... ¿tengo una adecuada imagen en las redes sociales? ¿transmito carisma y talante como me creo cuando publico indiscriminadamente cosas medidas o pasionales según me sale, según el día? ¿o estoy cavándome mi propia tumba en el mercado laboral?
 


 
 

Opino firmemente (o eso creía) que una cosa es la imagen personal -el perfil de una red social paradójicamente privada- y otra muy distinta es tu faceta profesional. Ambas relacionadas pero independientes.
Pero no todo el mundo opina así, y si antes se te valoraba por tu currículum vitae y por lo que transmitías en los minutos u horas que durara la entrevista o el proceso selectivo, ahora también se te rastrea en internet y dios sabe qué pueden ver de ti y qué imagen formarse sobre ti.
 
 
 
Solía presumir de subir los contenidos y el material que me apetecía en cada momento sin importarme demasiado sus consecuencias. Me parecía exagerado que alguien me pidiera que no le etiquetara en una foto por salir con una copa de cerveza o un cubata en la mano o que un padre o una madre pusieran el santo al cielo si veían a alguno/a de sus hijos/as en la palestra de una red social.
 
La cosa es... si ahora me lo replanteara... ¿qué hago con toda la huella digital que he dejado hasta ahora? ¿Alguien sabe de alguna App que valore, seleccione, destruya lo no adecuado y mantenga lo sí valorable de todos los textos, imágenes e hipervínculos que has estado subiendo todos estos años?
 
Para que luego digan que estar parado es sinónimo de estar ocioso. Pues anda que no me queda nada por hacer...
 
 
 


domingo, 19 de octubre de 2014

Los 34 en el punto de partida.

Con diez días de retraso por haber estado demasiado ocupado celebrándolo por todo lo alto desde el fin de semana pasado recibiendo la visita que mejor regalo me ha supuesto y pasándolo de lujo acompañado de amigos y familia hasta este sábado, hasta empalmarlo con la celebración del también cumpleaños de mi alma siamesa; aquí llega la crónica-reflexión que anualmente hago con motivo de mi cumpleaños (dedicada, esta vez, especialmente a mi querida Chapa, porque fue  ella quien me animó a no dejar de escribirla cuando me felicitó).


Llego a la "adolestreinta" como el niño que no dejo de ser.
Más que ingenuo, pardillo; soñador hasta el extremo de la idiotez y enormemente enamoradizo a pesar de las supuestas cautelas que me había propuesto cumplir después del desengaño.
Llorón, cabezota, orgulloso y soberbio, juguetón, travieso, repelente, metódico, algo caprichoso a veces, impaciente, desquiciante por las mañanas, ripio y ceporro como yo sólo. De repente más necesitado que nunca del arropo de los amigos, las raíces (aunque prometo, rey, no acomodarme en el "ir tirando" de la mentalidad gaditana, por muy tentador que pueda parecer a corto plazo) y la familia y enmadrado otra vez hasta la médula, no ya tan en sus faldas pero sí con la recuperada admiración con que la estimaba antes del desapego que me alejó de ella desde la rebeldía de la adolescencia hasta la salida de la clandestinidad del oscuro armario que encierra y ahoga en mentiras excusadas con el por entonces considerado infranqueable secretismo.
Me miro en el espejo y todavía me veo con esa mirada embobada, que esquiva por timidez, y boquiabierto de incomprensión ante la vida en general y la mía en particular. Los rasgos ahora, eso sí, se reflejan -en el espejo y en mis complejos- doblemente agrandados -casi todos- y con más pelo (especialmente la nariz, ¿por qué ese vello nasal y el de las orejas? ¿qué sentido tiene que crezcan sin parar y cada vez más?).
La voz de pito de la edad del pavo, afortunadamente, a los treinta y cuatro, ya está más que superada. Ahora mi voz por teléfono genera el apelativo de "usted" o "señor", palabras que se me siguen quedando grandes y que aun siento que no van conmigo, hasta que reacciono (con retraso, eso tampoco ha cambiado desde que era un mico) y las identifico como dirigidas a mí.

Parece ser que mi aspecto físico -salvo escasas y "gratificantísimas" ocasiones a las que me aferro como a un clavo ardiendo y que pregono siempre que tengo ocasión (véase), como la del otro día en la que una de las pasajeras que llevé con blablacar me echó veinticinco- también va siendo ya el de un "hombre hecho y derecho". Qué gran verdad que no es oro todo lo que reluce. ¡Ya quisiera ahora esa agilidad que comienzo a considerar proeza de contorsionista cuando simplemente me agacho para recoger algo del suelo o cuando me pongo a limpiar! 
Un señor. Don. Usted. Y es que la mayoría de los de mi quinta son ya padres, muchos de ellos más que primerizos, reincidentes. 
Vértigo. ¡Padre! ¿yo? Pero si todavía no estoy seguro ni de saber cuidarme a mí mismo, ¿cómo voy a hacerlo de un retoño inocente? Si no tengo ni dónde caerme muerto, ¿cómo voy a mantener a una criatura a mi cargo?


Lo más parecido que tengo son mis sobrinos, pero esos no cuentan porque con ellos es puntual y extraordinario y, por supuesto, por suerte para ellos, su manutención no corre de mi cuenta.
La gran parte de mis coetáneos tienen encauzado su camino profesional mientras yo sigo dando bandazos de un trabajucho a otro, pensando todavía en lo que quiero ser cuando sea mayor...



Sigo aprendiendo a dar cada paso como el primero, torpe e inseguro.  Con la tan firme como incumplida promesa de no recaer en la misma piedra, con menos resiliencia tras cada batacazo. Chupándome el dedo, acariciándome el lóbulo de la oreja u oliéndome la muñeca como un gesto nervioso ante situaciones que ya debería saber afrontar con creces pero que todavía me acojonan y bloquean como la primera vez que tuve que hacerles frente.
Me cuesta tanto decidir como cuando apenas levantaba un palmo del suelo. Lo malo es que ahora las consecuencias de mis decisiones pesan el doble.
Y por vergonzoso que suene, sigo incluyendo en mis recopilaciones musicales para el coche las bandas sonoras de las películas de Walt Disney (las de mi época, La sirenita, Hércules, Aladdín y las demás de la década de los 80-90; no las actuales -Frozen, Brave...- a las que ya he perdido la pista).
Sin embargo, la conciencia histórica de un pasado glorioso (lozano, enérgico y otros tantos calificativos que desolan desde la decrépita perspectiva cuasi cuarentona) me reubica en lo que soy. Un puretilla de treinta y cuatro tacos más perdido que el barco del arroz y que tendría que dejar de soñar tanto con la agotada edad de oro para empezar a hacerlo con la futura y, sobre todo, con la presente, sea del material que sea.


Cuando con tus amigos las historias empiezan a ser batallitas y cuando lo que tomas con ellos es un gintonic en copa de balón sentado en la terraza de un bar en vez de una rives con limón-limäo del LIDL o el DÍA en vaso de tubo de pvc tóxico de los chinos (en mis tiempos, los veinte duros) a las cinco de la tarde y no de la madrugada arrecido celebrando un botellón a la interperie de cualquier lugar público a cielo descubierto, horrorizado, descubres que la senectud llama a tu puerta, llevándose las manos a la cabeza por el susto. Y a los riñones por ese dolor de espalda que es ya también un habitual en tu día a día.
Y una de las expresiones más repetidas ahora es la de "cómo pasa el tiempo" acompañada de un resignado asentimiento de cabeza ante la verdad universal de lo escurridizo de los años. Y para muestras, un botón:

La renacuaja que sostiene mi madre en los brazos es la pequeña del clan.
Cuando nos descuidemos, está ya igual de grande que los hermanos o los primos, que ya es decir...


Cunde el pánico y quieres seguir llevando las mismas camisetas de antaño cuando muchos ya han dado el salto a las camisas o los polos, mucho más discretos con las nuevas curvas de tu figura, evidentes y redondeadas, antiestéticas, que ya no es ni tan estilizada ni tan fibrada como cuando te las compraste para lucirlas sin tener que dejar de respirar.
Pero no pasa nada, te consuelas, los hay calvos con tu edad y todavía más gordos. Y menos en forma que tú. Y te engañas pensando que en vez de un fracasado muerto de hambre lo que eres es un incomprendido artista aun salpicado del sistema borreguil,  al margen de él, un alternativo a la alineación mediática y sociocultural que te hace pecar de creído por querer sentirte diferente.

Y la enorme risotada de tu inmisericorde voz interior, martilleante y taladradora de sienes, incompasiva y fustigadora (tan odiosa como la de la pétrea y glacial abogada del diablo magistralmente encarnada por Mary Steenburgen en Philadelphia), se descojona en tu cara por lo ridículo e inverosímil de tu propia mentira, dándote un contundente e irrebatible listado de "hechos".

Pero... ¿y si no tuviera que ser tan atroz volver al punto de partida a la vejez viruela?
Quizás es cierto que el paro podría ser una oportunidad de reinvención laboral (sí, he asistido a muchos cursillos de "emprendizaje como alternativa a la crisis", qué le vamos a hacer, estoy contaminado de utopías), y que las mariposas que cosquillean de nuevo con fuerza dentro de mi barriga (gorda y blanda, sí, pero las hay peores a mi edad, ya digo, mal de muchos...) son las de un nuevo y único amor, el maduro, el sereno; ¿tal vez el de verdad?



Este retorno al punto de partida del amor (ilusión, magia, baile de gusano en la tripa) y del mercado laboral (replanteamientos de nuevas alternativas, cursos formativos, búsquedas de trabajo aunque de momento infructíferas, inacabables y por tanto siempre esperanzadoras) podrían ser la nueva oportunidad que se me auguraba. A los treinta y cuatro, no tiene porqué ser tan mala edad ni tengo porqué ir tan retrasado en un reloj vital del que, al fin y al cabo, sólo sabemos cuándo empieza y que puede agotarse en cualquier momento (patinando con el coche por la lluvia en una curva, si no te acompaña la suerte, por ejemplo; o corroído por una asquerosa y extendida enfermedad si el azar se ceba contigo) sin preaviso, como un despido disciplinario, dejándote a medias y acabando con todos tus planes.
El miedo a la muerte permanece en mi vida pero ahora porque la valoro enormemente otra vez y no quiero que acabe antes de tiempo.
 
 

Intentaré pensar que sí que me queda mucha vida por delante y que lo mejor todavía está por llegar.
O puede que lo mejor ya haya pasado, o incluso que esté pasando.
Puede que el ayer sea la edad de oro, y el mañana la de lo difuso; pero el hoy también debe ser de algún material noble o de alguna piedra preciosa casi tan reluciente como los otros. Disfrutémoslo.

Señores y señoras de la clases del 99:
Usen protector solar...
...disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud,
nunca las entenderás hasta que se hayan marchitado.
Cuando veas tus fotos dentro de veinte años
entenderás de una forma que no puedes comprender ahora
cuántas posibilidades tenías ante ti y
lo guapo que eras en realidad...
No te preocupes por el futuro
o preocúpate sabiendo que hacerlo es tan efectivo
como tratar de resolver una ecuación de álgebra mascando chicle...
Los problemas realmente importantes en la vida
son aquellos que nunca pasaron por tu preocupada mente,
esos que te sorprenden a las cuatro de la tarde de un martes cualquiera...
Canta...
No juegues con los sentimientos de los demás...
No toleres que la gente juegue con los tuyos...
Relájate,
no pierdas el tiempo sintiendo celos.
A veces se gana, a veces se pierde...
...al final sólo compites contra ti mismo.
Recuerda los elogios que recibas,
olvida los insultos
(pero si consigues hacerlo, dime cómo).
Guarda tus cartas de amor,
tira las cartas del banco.
Esfuérzate...
No te sientas culpable si no sabes lo que quieres de la vida...
... Cuida tus rodillas, sentirás la falta que te hacen cuando te fallen...
Quizá te cases, quizá no.
Quizá tengas hijos, quizá no.
Quizá te divorcies a los cuarenta,
quizá bailes el "Funky chicken" en tu setenta y cinco aniversario de bodas...
Hagas lo que hagas,
no te enorgullezcas ni te critiques demasiado.
Optarás por una cosa u otra como todos los demás...
(...)



martes, 30 de septiembre de 2014

Vacaciones indefinidas.


Pues sí. Llegó el momento. Después de varios meses aguantando en la cuerda floja, hoy me han dado la patada en el culo. Y no era imprevisto, lo que pasa es que como estaba tardando en llegar, ya me había hecho a la idea de que sería yo el que me fuera cuando me llamaran para la sustitución que también se está haciendo de rogar.
 
No puedo cometer la chulería de decir que no me ha sentado mal, porque no ha sido así. Que te echen, aunque sea de un trabajo que no soportas, no es agradable, pero, bueno, mira, tampoco me voy a agobiar.
 
Me han venido a la cabeza algunas frases que, con su permiso, tomo prestadas de su autor; y como por arte de magia, me ha parecido estar escuchándole diciéndomelas a mí con ese carisma que tenía.
 
Así que me voy a quedar con ellas y, por el momento, con el tiempo libre que voy a tener, entre otras cosas, me voy a dedicar a construir castillos de arena y a mojarme los pies en la orilla del mar.
 
Después ya se verá...
 
Inicio estos días mis vacaciones indefinidas, ésas que hay que sellar cada cierto tiempo. Inicio estas vacaciones con ganas de no pensar, de reírme y de mojarme los pies, con ganas de chiringuito y de castillos en la arena...
 


domingo, 28 de septiembre de 2014

De la locura al teatro: Telón Rojo. Teatro de Integración, Cádiz (FAEM).

 

 
De la locura al teatro. Del drama al humor. De la incapacidad a la creatividad y el talento. Del aislamiento al escenario y el trabajo en equipo. Y de permanecer enclaustrado dentro de las cuatro paredes de casa o de la sede de la asociación a estar moviéndose entre bambalinas como peces en el agua.
 
Contra la anhedonia y la marginación, la terapia del Teatro y la visibilidad del escenario. Frente al estigma social, la expresión del arte escénico.
 
Maravilloso proyecto, ya realidad tangible, resultado del trabajo y el esfuerzo de muchas personas -imposible nombrarlas a todas, que me disculpen quienes me deje en el tintero- que, desinteresadamente, por convicción -el verdadero motor de la dedicación- a una causa más que necesaria, han invertido su más valioso tesoro: tiempo y energía.
Contribución de incalculable valor pero, desgraciadamente, insuficiente para que ese sueño pudiera terminar de materializarse en algo posible.
Don Dinero llega gracias al patrocinio de Fundación Telefónica que decide apostar por este "loco" proyecto, respaldándolo con una generosa aportación económica que ha hecho posible disfrazar, maquillar y poner atrezzo al talento y entrega que ya traían de casa actores, actrices y el resto del equipo de Telón Rojo. El apoyo institucional lo ofrece la concejalía de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Cádiz, encabezada por Carmen Sánchez, y el espacio lo cede el Colegio de San Felipe Neri.
 
La sesión, que tuvo lugar el viernes 26 de septiembre de 2014 en el Salón-Teatro del Colegio a las 21:00hrs, recibió a los numerosos asistentes (destacar que el aforo estaba casi al completo) de la mano de Manuel Mariño, presidente de FAEM (Familiares, Allegados y Personas con Enfermedad Mental de Cádiz), Cristina Hidalgo, trabajadora social de la asociación y vari@s voluntari@s de la Fundación Telefónica, que daban el programa de mano y se encargaban del recibimiento y de la venta de entradas.
 

No faltó un detalle en el merchandising ni en la imagen corporativa del evento:
todos/as los/as voluntarios/as y ayudantes iban también identificados/as
con el logo de Telón Rojo en la camiseta.
 
Una vez dentro, con el público ya sentado, disfrutamos de la proyección de un vídeo-presentación que empezaba con una interesante reflexión que nos proponía Pilar Pérez, miembro y colaboradora de FAEM: ¿seríamos capaces de decir ("diferenciar") quiénes de los actores y actrices que actuaban en cada una de las obras que estábamos a punto de ver padecían algún tipo de trastorno mental y cuáles no?
 
Después, los/as protagonistas (Carlos del Olmo, Manuel Gutiérrez "Guti",  Pedro Jesús López, María Reina, Paqui Soto, Leticia Payno, María José Soto, José Lorente, Pedro López, Mari Caballero, Antonio Cuéllar, Pilar Romero, Luis Ruiz, Jose León, Nani Gandiaga y Gelen Gandiaga -al frente del maquillaje y la caracterización-) saludaban a los/as asistentes y hablaban brevemente sobre ellos/as -tod@s de manera informal y cercana salvo uno, si se me permite la broma que espero sepa encajar porque va desde el cariño, que más que haciendo su presentación personal parecía estar dando una diplomática conferencia por la actitud de manos entrelazadas, la vestimenta de camisa de boda y el casi regio tono de voz que me recordó a una imitación que, hace meses, hizo del antiguo Rey Juan Carlos I para un video casero-.
Impecable montaje audiovisual realizado por Virgilio Fernández que, una vez más, demostró que su desinteresada predisposición es tan amplia como sus conocimientos técnicos.
 
Subió luego al escenario Pedro López, maestro de ceremonias, acompañado de Joan Cruz, director de coordinación territorial de proyectos de Fundación Telefónica. El primero se extendió quizá un poco más de la cuenta emulando un monólogo del Club de la Comedia que, no obstante, resultó muy divertido y con el que el público rió, y a través del que quiso transmitir el esfuerzo que para él y para todo el equipo había supuesto colaborar en el proyecto. Unos vertiginosos últimos meses de nervios, ilusión y ensayos que Pedro bien resumió contando, en clave de humor, que su relación matrimonial se ha convertido en las últimas semanas en una auténtica "relación notarial". Notas por aquí y notas por allá en toda la casa para decirse qué hacía falta de la compra o dónde estaba la comida preparada porque con tanto ajetreo apenas coincidían.
La intervención del segundo, más breve pero igualmente cercana, sin perder la seriedad del cargo que representaba, reconocía que desde el principio les pareció un proyecto muy interesante y original por el que vieron que valía la pena apostar.
Cristina Hidalgo recibió, con los colores subidos según sus propias palabras, un merecido reconocimiento en forma de ramo de flores por su gran aportación, sin la cual no hubiera sido posible ser premiados por la Fundación Telefónica ya que fue ella la encargada de la elaboración y presentación a la convocatoria del proyecto.
 
Acto seguido, comenzó el espectáculo.
 
La primera de las piezas  teatrales fue "El adivino oriental" del autor dramático Carlos Etxeba, una divertida parodia sobre los Rappeles y Aramises Fuster que inundan la programación televisiva de madrugada de los canales locales, haciendo honor en letras mayúsculas del apelativo de "telebasura". Original puesta en escena que interactuaba con el público y sorprendía con la aparición de nuevos personajes que iban saliendo de entre los espectadores (alguno de ellos, con sorpresa incluida como La Luganes, interpretada por la camaleónica Leticia Payno que demostró su gran capacidad para bordar diferentes registros interpretativos).
Una enrevesada historia de celos, herencias, supersticiones sobre la muerte y el más allá, traiciones e infidelidades descubiertas tras la muerte de un marido putero y una mujer cornuda en busca de las joyas perdidas que al final resultaba tener una de las chicas de compañía del difunto.
Magníficas interpretaciones de todo el plantel. Sembrada viz cómica la de Manuel Gutiérrez "Güti" como médium, gran trabajo de caracterización en su presentador (Carlos del Olmo), una mezcla entre el Willy Wonka de Jhonny Deep y el maestro de ceremonias del Kit Kat Club de Cabaret (Joel Grey). Divertidísimas las rimas a modo de chistes con que el personaje encarnado por Pedro Jesús López contaba las miserias de su vida y hacía una crítica social sin dejar títere con cabeza; y genial el momento pelea a tirones de pelo entre la viuda y la prostituta en discordias (María Reina y Paqui Soto, respectivamente).
 
 Algunos momentos de "El adivino oriental", que dio un divertido
pistoletazo de salida a la sesión.
 
Le siguió "El núcleo", del periodista Jose León. Intimista escenificación que acentuaba el misterio de la situación representada: un ciudadano anónimo (José Lorente, que interpretó muy bien el nerviosismo y aturdimiento del personaje) acudía visiblemente desconcertado a una comisaría para denunciar las extrañas circunstancias del supuesto robo de su coche que no era suyo sino de su tía y, de paso, para terminar sacando de quicio la ya de por sí poquita paciencia de la policía a la que le tocó atenderle (interpretada con maestría por María José Soto).
Una situación aparentemente hilarante que, sin embargo, a más de uno de los asistentes nos sonaba literalmente familiar y de la que aún nos cuesta reírnos aunque, con el tiempo, lo vamos consiguiendo; demostrándose así que se ha alcanzado la que creo es una de las intenciones del autor. Desdramatizar para normalizar, haciendo uso de la mejor de las terapias: saber reírse de uno mismo y de sus propios dramas.
El mismo Jose León, que también hacía de intérprete en la siguiente obra, se reserva un guiño parodiándose a sí mismo como autor y al ya famoso pasaje del coche robado como una autocrítica, quizá, reconociendo que ya ha trillado suficientemente el tema y que va siendo hora de contar cosas nuevas.
Momentos que podrían haber sido dramáticos (en realidad la obra trata algo tan poco gracioso como el desarrollo de un brote psicótico) despertaron en más de una ocasión las risas del público por lo rocambolesco de la situación. Otras veces, en cambio, provocaron perplejidad e incomprensión (vi similitudes con obras del llamado "teatro del absurdo", como "Esperando a Godot", de Samuel Beckett). Apropiada analogía de lo que despiertan las enfermedades mentales: risas a veces (por no llorar y porque, en frío y vistas desde fuera, pueden parecer cómicas) y total desconcierto por no ser capaz de entender qué le pasa por la cabeza a quienes las padecen.
La escena final sin explicación aparente a mí, personalmente, me pareció muy simbólica y acertada. Un esperanzador mensaje que podría proponer la reconciliación con el ser humano en la fraternidad de un abrazo.
Analizando el título de la pieza ("El núcleo") y desgranando las frases que atropelladamente va diciendo el ciudadano podría hacerse una interpretación más profunda de lo que se querría transmitir (en una interpretación personal de quien escribe, conste).
En un momento de la obra, al poco de recibir al denunciante, la mujer policía llama por teléfono avisando a sus compañeros de que tiene ante sí a un "código 107" (u otro número, seguramente me falla la memoria pez), metáfora de la etiqueta con que inmediatamente sellamos a un loco por su comportamiento, a un homosexual por sus amaneramientos o a un delincuente por sus "malas pintas".
 
José Lorente y María José Soto en un momento de "El núcleo".
 
La policía podría estar representando el estigma con que se condena a los/as locos/as, lo/as "diferentes" en general; el miedo a "contagiarse" de esa horrible enfermedad, por lo que es mejor mandarlos lejos, encerrarlos, con "unos amigos que van a estar muy interesados en escuchar las historias que cuentan" (creo recordar que, literalmente, dice "batallitas" en tono despectivo); el agotamiento que provoca convivir con un/a loco/a (la mujer policía se lleva las manos a la cabeza, desesperada, intentando redactar comprensiblemente un testimonio tan carente de sentido).
Incluso, más allá, podría simbolizar la opresión del poder, la dictadura de los convencionalismos sociales, que rechaza todo lo que se sale de la norma.
Las incoherentes palabras del ciudadano al que han robado el coche, del loco al que se le ha ido la cabeza, encierran gran profundidad: habla de círculos concéntricos (familia, sociedad...) que giran en torno a un núcleo, un epicentro desconocido pero que nos condiciona hasta extremos insospechados. Un lugar que se nos escapa a la razón y que, precisamente por eso, quizá nos puede hacer perderla. El núcleo podría ser la mente, desconocida, condicionada, manipulada, trastornada. El centro de la Tierra sobre el que caminamos irremediablemente, que nos ata con la gravedad, pero al que nunca podremos acceder del todo. La mente aún desconocida.
 
La tercera pieza en representarse fue "Luna de miel, luna de papel", de Jose León (aunque en el programa de mano aparecía como la cuarta). Una comedia en toda regla que aunque en algunos momentos pudiera rozar lo chabacano en el tratamiento de ciertos clichés, quedaba justificado.
Por ejemplo el intencionado tono de telenovela para narrar una historia de amor e interés. La historia de Alejandro (fantásticamente encarnado en Jose León, quien sorprendió a familiares no acostumbrados a verle como actor, hablando con una inusual dicción en él, clara y limpia), un "yonqui del amor" -le tomo prestada la expresión a una buena amiga-, tan locamente (nunca mejor dicho) enamorado de Irene, una atractiva inmigrante mejicana, que hasta acepta su proposición de amañar un matrimonio de conveniencia con su hermana para poder legalizar su situación. Una decisión que provoca el rechazo y distanciamiento de su familia (aludiendo a la xenofobia que todavía tenemos hacia los "guachupinos", de nuevo por un prejuicio: el de pensar que todos ellos son comerciales telefónicos que nos van a embaucar con su dulce acento para que compremos algo sin darnos cuenta o que vienen a robarnos el trabajo o a utilizarnos para conseguir los papeles).
 
Muy cómico y teatral el momento en que Marjorie (Nani Gandiaga) intenta consumar su matrimonio
con Alejandro (Jose León).
 
"Luna de miel, luna de papel", ingenioso título para un guión igualmente cargado de dobles sentidos.

 
La cosa se complica cuando el falso matrimonio es sometido a la revisión de una peculiar funcionaria de extranjería (la agente Fernández, encarnada a la perfección por Pilar Romero). Resaltar el divertidísimo y conseguidísimo acento sudamericano (repito, exageradamente intencionado) de Irene (Paqui Soto) y su hermana Marjorie (Nani Gandiaga) y los guiños del autor/actor a los que me refería antes: aludiendo a un coche blanco de una tía suya que le fue robado y ojeando una revista muy especial ("Semos") para disimular su nerviosismo ante las investigaciones de la funcionaria.
Sorprendente final con asesinato incluido que quedó inconcluso por un pequeño fallo de coordinación con la iluminación y el sonido (imprevistos lógicos y perdonables en un grupo amateur, que seguro irán limando en las siguientes representaciones de la gira con que continuarán por el resto de la provincia de Cádiz y de Sevilla).
 
Y como colofón de despedida, "El trabajo fijo", de Carlos Etxeba, otra comedia, muy en la línea de la popular y exitosa serie de Telecinco "Escenas de matrimonio" tanto por el contenido como por la puesta en escena y hasta por el atrezo (divino el sofá hinchable, ¡quiero uno para mi futuro piso!), que hizo las delicias del público asistente.
Con un humor quizá algo ácido, trata otro tema de candente actualidad: el paro, los enchufismos laborales y la dificultad para abrirse un hueco en un mercado laboral cada vez más cercado y competitivo (doblemente complicado, además, para un colectivo como el de las personas afectadas de enfermedad mental por lo que ése se convierte en otro de los principales objetivos de FAEM hacia sus usuarios/as: la inserción laboral).
Sketchs muy teatrales, giros sorprendentes, personajes inesperados (como Roberto Aguirregomezcorta, interpretado por Luis Ruiz), unos padres con un curioso acento que nada tiene que envidiar al de los actores de "Ocho apellidos vascos" (muy buenas las interpretaciones de Pedro López, como Julio y de Mari Caballero, su esposa, Julia). Una hija muy "pija" (espléndida Leticia Payno, muy en el papel), un hijo "ennortao" (igualmente clavado por Antonio Cuéllar en su personaje de Julito) y una nuera no tanto (Pilar Romero es la "choni" Merceditas).
 
 Aunque en la programación apareciera como la tercera en ser representada,
finalmente fue "El trabajo fijo", esa panacea inalcanzable hoy día, la encargada
de poner el broche de oro a la sesión.
 
Histrionismo y humor. Humor con respeto y honestidad. Humor serio, por paradójico que suene porque en un lenguaje cómico se pueden tratar temas serios como la dependencia emocional, la exclusión social, los prejuicios, la estigmatización de la enfermedad mental, las traiciones por dinero y poder, los engaños, la inestabilidad laboral...
Una completa carta de degustación para este "Insólito menú transcultural" (dirigido por Juan Bellido, coordinación de Pedro López Raya y la colaboración de Sergio Torrecillas)que fue despedido con la ovación del público, buena parte de él en pie.
 
  El elenco al completo se despidió del público asistente entre vítores y aplausos de reconocimiento.
 
Porque el trabajo que se hace con el corazón y se persigue con ilusión y constancia termina, antes o después, dando sus resultados.
Desde este blog me gustaría mandar mis más sinceras felicitaciones a todo el equipo de Telón Rojo, a los/as de encima del escenario pero especialmente también a los/as que están detrás de él, sustentándolo (esas caras que no son muy de hacerse ver -en la discreción es donde muchas veces está la verdadera elegancia- pero sin las cuales esto tampoco habría sido posible, los/as encargados/as de gestiones administrativas igualmente indispensables para que el engranaje del trabajo en equipo funcione). 
 
Desearles a todos/as toda la suerte del mundo para la gira que van a empezar en breve por otras localidades de la zona sea un éxito y el germen de futuros nuevos proyectos.
 
Más info:
 

 
 
 
 
 
 
 


martes, 24 de junio de 2014

Lluvia en verano.

¿Y a santo de qué esta lluvia de repente?
 
Quizá por lo mismo que la mala noche que has pasado.
 
Porque la sábana se ha quedado corta para vencer a una temperatura anacrónica.
 
Porque Dante no ha parado de moverse en toda la noche, inquieto.
 
Porque los malos sueños, pesadillas del pasado, han vuelto.
 
Junto con el miedo y los temores.
 
Cuando has caído una vez sabes que puedes levantarte
 
pero también que puedes caer de nuevo.
 
Y sientes vértigo.
 
Decides que, pese a todo, vas a aprovechar el día.
 
No sabes muy bien en qué.
 
Aún no tienes un plan elaborado.
 
En todo menos en lamentaciones e infructíferos compadecimientos.
 
Se te cae la barra del armario al intentar sacar una de las rebecas
 
que ya tenías en el fondo del armario, pero no pasa nada.
 
No hagas un drama, esa no va a ser la excusa para no levantarte y no afrontar el día.
 
Tropiezas una y otra vez en la misma piedra y no aprendes.
 
Esquívala, coño. O dale una patada aunque te partas el pie.
 
Mejor cojo que aplastado.
 
Busca refugio en quien te lo ofrece,
 
abandona de una vez la máscara de autosuficiente
 
porque a estas alturas ya no te la crees ni tú.
 
Imagen cortesía de @DonColor
 
 
 
Antes te quejabas del calor y ahora las nubes te parecen tristes.
 
Eterno infeliz, inconformista atormentado.
 
No tienes lo que quieres porque, en realidad, no sabes lo que quieres.
 
Ahora piensas que lo tuviste y que lo dejaste escapar
 
pero cuando lo tuviste no lo quisiste.
 
Frena el runruneo mental y vive sin más, como todo el mundo.
 
Espera sin desesperar,
 
avanza sin ultimátums,
 
busca con sosiego.
 
 
 
 
Así que aquí me hallo, en la biblioteca, delante del ordenador,
 
mirando a mi alrededor y preguntándome qué pasa por las cabezas
 
de quienes parecen concentradísimos en sus estudios,
 
motivadísimos en sus propósitos
 
y perseguidores incansables de su definidísima meta.
 
¿Y si ellos están tan perdidos como tú?
 
 
 
 
El sol ha salido de nuevo.
 
De vuelta a casa te sobrará la rebeca por la que te has cargado la barra del armario.
 
Maldice a quien quieras,
 
pero sabes que el único maldito eres tú.
 
Ser "muy sensible" es una mierda.
 
La capacidad de introspección pál que la quiera
 
que yo voy a intentar ser más básico,
 
pensar menos y vivir más.
 
Imagen cortesía de @DonColor
 
 


sábado, 21 de junio de 2014



A veces
los que escriben
también quieren callar,

guardar silencio durante días,
no escribir nada,
no abrir ninguna puerta.


(Rocío Mendoza Blanco)

sábado, 10 de mayo de 2014

Gracias por lo que diste y lo que dejas.

Durante un tiempo, quise ser su Garbancito Diferente.
Me declaré escribiéndole un cuento con final feliz.
Luego le encarné en un niño enfermo que no tenía las fuerzas suficientes para subir a la Torre Mágica de un reino inadaptado.
Él recibía mi cortejo con respeto y transparencia.
Me dio las calabazas más dulces, acompañadas de gratitud y cariño.
Me comparó con lo tedioso de su genial Delia y tuve que reirme de mí mismo. Entendí que no era ni el momento ni el lugar.
Enamorarse de él era tan fácil que no fui ni el Diferente ni el Único. 
Me sumaba a una larga lista, 
aunque poco sabía de su vida privada.
Incógnita que formaba parte de su inacabable atractivo.
Le dibujé, le escribí, le soñé y creí poder ayudarle a salvarse.
Pero fue él quien me salvó a mí de la caída empicado en que me estaba hundiendo.
Me desempolvó ilusiones y aficiones que todavía mantengo, aunque ahora con la pena de saber que ya no podré contar con su colaboracion para darles forma, como sí pude con el montaje para la boda de mi hermano.
Me devolvió la capacidad de sentir.
Tuvo el tacto, la delicadeza y la paciencia de escucharme y aconsejarme.
Tenía la virtud de saber escuchar con los oídos bien abiertos, sin juzgar.
La primera vez que nos vimos tras la noticia de su enfermedad hablamos más de mí que de él.
La calidad de las personas se demuestra en las situaciones límites y desde el principio del final, antepuso el dolor de su familia al suyo.
Debió llorar mucho pero yo nunca le vi hacerlo.
Para mí, como para el resto de infinitas amistades que tenía,
 se reservaba su mejor sonrisa, preciosa, y su ingenioso sentido del humor, único.
Cuando el dolor no le permitía hacerlo, hacía mutis por el foro
 y aunque al principio insistí, después lo entendí y lo respeté; esperando paciente su reaparición, su nuevo estreno.
La sacudida de realidad, antes o después, abría paso a la esperanza.
Siempre parecía haber una nueva posibilidad.
Seguía tan guapo que costaba creer lo que le estaba pasando.
Se fue yendo discretamente y con la clase que sólo tienen las personas grandes.
Nos enseñó a prescindirle -tema del que aún nos quedan muchas lecciones- y a enfocar los ojos en el camino que los demás teníamos que seguir recorriendo.
Encontré nuevas personas, me volví a enamorar y proyecté nuevas miras.

Pero despedirse puede ser tan doloroso y feo que prefiero darle las gracias.
Gracias, amigo.
Gracias por todo lo que me regalaste.
Gracias por lo que nos diste y nos dejas.
He buscado el consuelo en todas partes y sólo lo he encontrado en la gratitud. 
Y en entender que la función debe seguir.

No se va del todo.

Me abrió las puertas de sus amistades, invitándome a entrar, forjando nuevos vínculos que se mantendrán gracias a que un día él los unió.
Dio vida, voz e interpretación a un personaje rescatado de mi abandonada creatividad en una tarde de té y literatura inolvidable.
Endulzó y respaldó con su presencia y su tarta de zanahorias la presentación en sociedad de mi nuevo yo, el que volvía a creer en sus sueños.

Sólo quiero añadir mis palabras a todas las que estos días tantas personas le están dedicando.
Porque siempre que le recuerdo, después de las lágrimas o, mejor, a la par que ellas, vienen las sonrisas.
No hay magia mayor que conjugar ambos sentimientos en el mismo recuerdo.

Ahí va otro trocito de lo mucho que de él se puede decir.

A veces vagaba por la energía cósmicofestiva y juraba por el organigrama de Martí.
Tomaba infusiones de herboristería con Medea.
Los días de lluvia, a pesar de las insistencias, se quedaba en casa con sus adorados padres y un vasito de leche calentita con galletas. 
Ordenaba, reordenaba, tiraba, rescataba, ponía y quitaba para mantener el feng shui de su hogar.
Y antes de acostarse practicaba unos cuantos cambrés para mantenerse en forma.

A todos/as con los/as que compartía momentos de su "vida loca" nos deseaba que se nos cumplieran muchos sueños.
Porque él soñaba. Siempre soñaba.
Mientras otros se hipotecaban y sacaban el traje para los domingos, él se enfundaba el uniforme del colegio y volvía a estudiar y a compartir piso. 
A experimentar y a crear entre bambalinas, delante y detras de la cámara.
Siempre se subía al Tranvía detrás de Blanche.
Aunque no tenía enemigos, obviaba a las personas malas de condición y las dejaba oliendo a peo todo el día y estreñidas a más no poder.

Nunca se arrepentía de lo hecho porque eso le parecía doblemente miserable.
Consideraba que las lágrimas más amargas eran las de las palabras no dichas y las de las obras inacabadas.

Cuando se hartaba, berreaba a lo María Jiménez y con el "s'acabó" ponía punto y aparte y su mundo ya era otro.
Consultaba a la galleta de la fortuna y al Oráculo pítico de Delfos.
Reprochaba a Esperanza Gracia colocarle en lo más abajito de su ránking zodiacal pero nunca se rendía.
Nunca se rindió.

No era ningún reinón, aunque tuviera porte más que suficiente para haberlo sido. Y si Madonna hacía running por el Central Park, él lo hacía en el parque más cercano.

Conversaba con sus amig@s hasta descubrirle el sentido a la vida.
Reía y, sobre todo, hacía reír.
Era la salsa de toda reunión.
Hermanaba generaciones y unificaba grupos.

Le daba pereza la pereza y mientras esperaba la casualidad de su vida no se estaba quieto.
Maquinaba teatro, cine, arte.
Estudiaba, aprendía, enseñaba.
Jugó, indagó, amó, fue amado, escuchó, se equivocó, acertó, acompañó, ayudó.

Un día le dijeron que tendría que irse.
Se asustó,
pensó
y decidió seguir hasta donde le dejaran.
Luchó como un jabato en una batalla insalvable pero no perdida.

Amore, Tonilé, guapo, superhero, amigo, luchador, incansable y mente creativa, maravillosa. Marito, grandioso, morenaso, malandrín, Antoñito...
Eran algunas de las formas en que le llamaban.

No pasó de largo. Se quedó.
No fue uno más para el mundo porque fue un mundo para much@s.

Esté donde esté, está.
Era y ES.

Vivió hasta su última función que, aún anticipada e injusta, igualmente debe concluir entre aplausos de reconocimiento y fascinación.

"Faltan palabras,
falta candor,
falta poesía cuando la sangre llora y llora...
Quedan ensueños rezagados..."


Mi hermana encontró hace unos días,
 por casualidad,
entre las cosas de mi sobrino Pablo 
este dibujo dedicado.
Me pareció tan emotivo que
necesitaba compartirlo.