jueves, 25 de julio de 2013

Retales de mi Diario de Pensamientos. 20 de Junio de 2013.

20 de junio 2013.
¿Estamos condenados al enfrentamiento y a la total falta de entendimiento? ¿Es cosa de generación? ¿educación? ¿valores? ¿o de religión? Sorbe-cerebros que manipula jugando con lo más vulnerable del ser humano: su desconcierto y temor ante la muerte y el más allá, para hacernos olvidar el más acá. La puta religión, sí, la puta Iglesia. La libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

"Serial Killer"
Javi Larrauri. 2009.

Jamás he criticado a mi madre, o sí, pero siempre constructivamente y desde el más absoluto respeto. Igual con su sucesora y su marido. Pero ayer me ofendieron, me hirieron y no me callé. Y la lié. Y me tuve que volver a callar. Porque iba a decir barbaridades tan gordas como que a ningún padre biológico se le examina exhaustivamente cerebro, vida social, creencias y nómina para “certificar” que puede hacerse cargo de la educación de una criatura. Mi padre fue un nefasto padre y un peor marido. Era obvio que, sin saber hacerse cargo de sí mismo, difícilmente iba a saber hacérselo de una familia numerosa.
Por supuesto, hay que procrear, es la sagrada misión del matrimonio. Por eso vine yo a este mundo. Javi goma rota, el quinto hijo a los cuarenta que nadie esperaba. Un complejo que me alimenta saberme considerado por mi madre en una categoría distinta que a la del resto de mis hermanos.
Porque a lo demás no se le puede llamar matrimonio. No por discriminación, sino por distinción. Discriminar: “seleccionar excluyendo, dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, (sexuales), etc”. Distinguir: “conocer la diferencia que hay de unas cosas a otras. Hacer que algo se diferencie de otra cosa por medio de alguna particularidad, señal, divisa, etc”.
-Podéis tener los mismos derechos, pero que no se le llame igual.
-¿Por qué?
-Porque no es lo mismo.
(Discriminación)
-¿Cómo se le llama entonces?
-De otra forma. No sé, ¿unión?
(Distinción).
Distinguir va de la mano de discriminar. Y duele más viniendo de seres queridos, que han visto lo mucho que puedes llegar a querer, lo imbécilmente sensible que eres y la de quebraderos de cabeza que te trae querer ser coherente y “buena persona”.
Duele que se te considere ciudadano de segunda por lo que haces en la cama y con quién te lo haces.
-Entonces un hombre y una mujer que se casan y no tienen hijos, no son matrimonio, ¿no?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque son un hombre y una mujer.
Discriminación. Pura y dura. Por más que quiero intentar entenderles y ser tolerante, no puedo. Yo no les coarto (“limitar, restringir, no conceder enteramente algo”) sus derechos ni sus libertades. Ellos a mí sí. Distinguiéndome. Discriminándome.
Duele que venga de cristianos (“perteneciente o relativo a la religión de Cristo”. Cristo: “el Hijo de Dios, hecho hombre”).
-¿Yo no soy hijo de tu Dios?
-Sí… Claro (¿con dudas?).
No quise seguir preguntando por no seguir escuchando. Cada respuesta me provocaba una lágrima de las que más duelen.
Lloré, me cabreé, me indigné, me dolió. Me acosté con ideas extremistas y apocalípticas. Pero hoy me he levantado y he recordado mi nuevo trabajo. Ése que no me pagan y que me estoy inventando cada día, sin horarios ni protocolo corporativo.
He cargado mi mochila con una biografía de Franco, una biblia, una historia de España para niños, “Momo”, la biografía de John Lenon, Dalí y Miguel de Cervantes (no he encontrado la de Lorca), “El hombre y su poesía” de Miguel Hernández y “Ahora hablaré de mí” de Antonio Gala. Y todos los escritos que escribía desde los catorce años que he podido ir recopilando. Religión y maricones. Pasados y presentes.

He cogido la bici y me he ido.
He dado los buenos días a mis amigos/as por el grupo de wathsapp:
“Amanecer tontón. Nada que no se arregle con unos abrazos de perro, unos bailoteos matutinos con Alaska y la motivación de seguir ganando palabras en vez de euros.
El dinero tiene todo el poder del mundo, menos el de conmover y sensibilizar. Ése solo lo tienen las palabras que, dichas, también pueden herir. Pero, plasmadas por escrito, con un trabajo previo de análisis, documentación e introspección y dictadas por el corazón pueden tener mucha más fuerza que cantidades millonarias de dinero y que los sermones (“discurso cristiano u oración evangélica que predica el sacerdote ante los fieles para la enseñanza de la buena doctrina”. Doctrina: “enseñanza que se da para instrucción de algo”. Instrucción: “conjunto de reglas o advertencias para algún fin. Reglamento en que predominan las disposiciones técnicas o explicativas para el cumplimiento de un servicio administrativo. Conjunto de enseñanzas, prácticas, etc., para el adiestramiento del soldado”. Adiestrar: “Amaestrar, domar a un animal. Guiar, encaminar, ESPECIALMENTE A UN CIEGO”).

No quiero caer en la prepotencia de quien se cree dueño de la absoluta y única verdad. Quiero ser libre. Quiero ser igual. Quiero casarme. Y quiero que mi “unión” sea un matrimonio porque es lo mismo: dos personas que se quieren y deciden registrarse (civilmente, no lo olvidemos) como pareja por motivos afectivos, personales, económicos; libre y constitucionalmente.
Y al sabelotodo (“que presume de sabio sin serlo”) prepotente y a su sarcástica e insultante risita al escucharme decir la palabra “marido” al referirme al marido de un amigo, solo decirle que se informe bien antes de hablar sentando cátedra.
Quiero que mis sobrinos no me miren como al “tío raro” a partir de cumplir cierta edad. Quiero que me sigan mirando con la descontaminada inocencia de un niño que ve el mundo tal y como es. Que, en principio, si nadie le dice lo contrario, no tiene ni que escandalizarse ni que discriminar o distinguir a nadie por raza, género, religión o tendencia sexual.
Quiero sensibilizar (no adiestrar) con la palabra. Quiero ser tolerante, pero asertivo. Quiero respetar y reivindicar. Quiero profundizar en el conocimiento de Cristo, de Franco, de Miguel Hernández y de tantos/as otros/as que han contribuido a nuestro bagaje sociocultural. Quiero hacer mi propia propuesta, en forma de cuentos, para niños y adultos. Proponer (no imponer) una educación en valores (¿alternativa? ¿diferente?). Crear un “material pedagógico” (pedagógico: “se dice de lo expuesto con claridad que sirve para educar o enseñar”), no tanto “didáctico” (“propio, adecuado para enseñar o instruir”).
Ahora más que nunca siento que, desgraciadamente, siguen siendo necesarios actos como los de este fin de semana. Participaré en la carrera de tacones y en el concurso de lanzamiento de bolsos mientras que parte de mi familia acude a la manifestación “a favor de la Familia Tradicional”, mete a sus hijos en un colegio de monjas para empezar a adiestrarlos. Y usan el tabú (“condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”). Más aún que la discriminación o la distinción. La invisibilidad.
"Activismo gay: la radical gai"
Javi Larrauri. 2009.

Lo siento, pero existo. Al final nací. Aunque nadie me esperara aquí estoy y voy a hacerme notar por primera vez en mi vida.
Y por eso lo digo sin reparos, en público (visibilidad: “cualidad de visible”. Visible: “tan cierto y evidente que no admite duda”), orgulloso y feliz. Voy a seguir trabajando en mi proyecto”.

Retales de mi Diario de Pensamientos. 19 de Junio de 2013.

19 de junio de 2013.

Supongo que el alprazolam, además del efecto ansiolítico, debe tener no pocas dosis de serotonina y demás sustancias que se deben segregar en el cerebro para mantener un correcto estado de bienestar anímico. Supongo que, con todo el dolor de mi corazón y el horror de asumir que somos pura química, he de rendirme ante la evidencia de que, como tales, somos moldeables y manipulables por los diagnósticos médicos, psiquiátrico y sus aliados fármacos.
Qué angustia de foto... Es un Arcimboldo versión psicofármacos.

Antes de anoche, pasé una larga velada de insomnio, rumiar mental, inseguridades, mierdas removidas y culpabilidades actualizadas. El día de ayer, consecuentemente, regular: ánimo en montaña rusa, a ratos arriba y empicado abajo otros.

Y encima me tocaba afrontar una entrevista de trabajo. La primera desde que me busqué (con motivos coherentes o sin ellos) estar en el paro. Yendo, además, recomendado (antes, me negaba en una rotunda cabezonería de orgullo a aceptar “enchufe alguno, hoy día no tendría ningún reparo en morir electrocutado si hiciera falta); para un puesto que según la filosofía de “puedo con todo, querer es poder y solo puedes saber si eres o no capaz de algo si lo intentas” podría desempeñar mejor que peor, y según amaneciera en la rutina diaria de trabajo mi inventiva y mi capacidad de improvisación (y de animación literal –tercera acepción de la RAE: concurso de gente en una fiesta, regocijo o esparcimiento–). Y con la formación más que necesaria, aunque quizá no toda la experiencia en el sector concreto que debería. Aprovecho para hacer una reivindicación: señores/as, tengo 32 años y salvo ocho meses que borraría de mi vida (no me voy a escudar en ningún informe médico), no suelo dedicarme a rascarme las pelotas pero los días solo tienen 24 horas y a veces no dan de sí todo lo que nos gustaría que dieran). Pero también, claro, con la que es mi gran carencia: los idiomas. Chapurreo de inglés e italiano. Alemán ni por asomo. Y ruso… ¿ruso? Dios mío, ¿ruso?

Ya digo, como la pobre Miss Melilla 2001 me sentí ante mi particular embajadora de Rusia (la de Recursos Humanos), pobre mía, que después de todo fue compasiva y simpática conmigo. Aunque eso sí, me remató con un incisivo y protocolario “tenemos perfiles más especializados que el tuyo; si acaso –¡zas! ¡en toda la boca!–, ya te llamaríamos entre hoy y mañana.
Pobrecica mía... Ahora entiendo el mal ratito que tuvo que pasar.

Me fui de allí sabiendo perfectamente que mi móvil no iba a recibir esa llamada. Ni ayer ni hoy. Ya está confirmado, no es solo mal augurio mío.
Pero prometí no venirme abajo y aunque a punto estuve de no cumplir mi palabra, al final no lo hice.
 Con la dicotomía de siempre pero inclinando la balanza positivamente.
“Total, las condiciones no eran tan buenas” Versus “¿Te vas a poner sibarita hoy día, con el panorama que tenemos, que la gente mata por un trabajo?”.

“En el fondo es que tengo un currículum y una valía tan brutales que no me cogen por temor a que sea un potencial sindicalista porculero por haber preguntado por horarios y descansos” Versus “El trabajo en España hoy día no se entiende como una simbiosis mutua entre empresario/administración y trabajador/funcionario (que nadie se ofenda por la distinción pero, habiendo desempeñando ambas funciones, puedo asegurar que son dos cosas distintas, ni la una tan sacrificada como a veces se pinta ni la otra tan maravillosa como se suele –solía– pensar, pero distintas) sino como la mendicidad desesperada de quien tiene que pagar una hipoteca y alimentar unos hijos y se somete acatando lo que tenga que acatar a la empresa/administración”.

“No eres un inútil, sino un artista incomprendido” Versus “Imbécil prepotente que vas de alternativo y en el fondo quieres lo que todos queremos, por muy hippie que te creas: esa polisémica palabra denominada estabilidad. Y que ya tienes más edad de la que a veces te crees y los “pibonazos/as” (en la RAE no viene no con uve ni con be) con los que competías tienen una imagen mucho más moderna”.

Vamos, día movidito (física y mentalmente), habiendo dormido poco y mal, descomposición estomacal y consiguiente escozor anal (que ya podría ser por otro motivo). Porque también me propuse derribar jerarquías y escalar impenetrables e irracionales muros de poder absurdo para conseguir que me atendiera la Diosa (Directora, supongo) de la Biblioteca Provincial de Cádiz, a cuenta de mi “reclamación” para que no me sancionaran por unas devoluciones pasadas de fecha. En la web no anunciaban que empezaban ya con el horario de verano (vergonzoso que una biblioteca pública provincial cierre por las tardes antes de que los niños/as terminen el cole) y el teléfono o no lo cogen nunca o comunica todo el tiempo. Tuve que irme cargado como una mula (vivo en la otra punta de Cádiz) con tropecientos libros (soy un “agonías” y había sacado con los carnets de mis sobris, mi hermana, mi madre y el mío) para llegar a las seis de la tarde, chorreando en sudor, para que mis peores sospechas se confirmaran. Portón de entrada cerrado a cal y canto, con un veraniego y refrescante cartelito que decía que justo ese día ya se dejaba de abrir por las tardes.

Sí, soy cada vez más coñazo (“persona o cosa latosa, insoportable”, la definición de la RAE me da la razón en pensar que es un término de lo más machista, porque aunque “pollazo” no la recoge, todos sabemos perfectamente lo que significa, curioso porque se podría definir con la segunda acepción que recoge de coñazo: “golpe fuerte”); pero quiero alegar que antes era demasiado discreto y me pasaba con querer pasar desapercibido al máximo para no molestar a nadie. Extremista como soy, a lo mejor ahora peco del otro extremo: reivindico más de la cuenta y a veces no mantengo las formas (bueno, no, educado sigo siendo; algo descarado quizá).

Hablé con conserjes, auxiliares, técnicos, informáticos y archivera hasta que me permitieron -tras una larga espera, interminables llamadas y muchas escaleras– acceder al despacho-marquesado de la Máxima Eminencia Bibliotecaria de Cádiz, con unas envidiables vistas al puerto dicho sea de paso. Resultó ser una persona, humana y madrileña, y hasta con ciertos rasgos de sencillez. Aunque no lo suficientemente humilde como para reconocerme que la web de la biblioteca no la actualizan desde tiempos inmemoriales y que el horario está más pensado para funcionarios que para usuarios/as de un servicio público. Ni demasiado perspicaz como para percibir el cierto sarcasmo de mi comentario al hablarle de las maravillosas vistas de su despacho y que debía de ser un gustazo ir a trabajar allí todos los días.

A veces me surgen dudas tan chorras como la de si lo público responde más a intereses públicos o privados. En su momento, yo fui el primero que luchó por tener un horario “digno” cuando trabajaba en la biblioteca, aparte de para poder tener una vida personal (aunque no estuviera casado ni tuviera hijos, motivos por los que mi jefa, por cierto, pensaba que qué otra cosa tendría yo que hacer en vez de trabajar y que achacaba al simple chinchar de un niñato extranjero, desviado e insolente que pretendía atentar contra su decimonónica autoridad), también porque realmente el horario no se ajustaba a la demanda de los/as usuarios/as (para los/as opositores/as se quedaba corto sobre todo por la mañana; y para los/as chavales/as el horario de tarde empezaba demasiado pronto y preferirían que se abriera más tarde para que se cerrara después). Existía una posibilidad viable de ponernos turnos intensivos y rotativos, pero implicaban primero que las cosas dejaran de hacerse como se habían hecho siempre desde hacía más de veinte años y, segundo, que se resquebrajara el privilegio (para ella justo y necesario, pero ilegal según lo firmado en sus condiciones laborales) de una autoridad superior a nuestro rango inferior. Para mí, y mis compañeros, en cambio todos podríamos haber salido beneficiados de tener tardes y mañanas libres para la vida privada que, querida exjefa, también se tiene cuando se es soltero, marica y no se tienen hijos.

La conclusión de mi encentro con Diosa de la Biblioteca fue que aunque en realidad sí que me correspondía sanción (y a mi familia, pobres incondicionales arrastrados a la condena por mi informalidad) porque era más de un día lo que me había retrasado en la devolución, de repente, sin más, me la había quitado (¿perdonado?) de toso los carnets bloqueados.

En fin… Tampoco iba a discutir más porque además se me echaba el tiempo encima para ir a la fatídica entrevista. Al fin y al cabo había conseguido solucionar lo que más me preocupaba: haber privado a mis sobrinos de poder sacar libros de la biblioteca (¡sí! ¡lo hacen! ¡aún queda alguna esperanza!), sobre todo la niña, aunque yo mismo a veces preferiría que estuviera haciendo el cafre con los hermano antes que pasarse tanto tiempo aislada en sus lecturas.

Mi moral encrucijada (si es que esas dos palabras se pueden poner juntas) contra la incompetencia laboral y el terminar acomodándose en unas “condiciones estables” (yo también lo hice, y en solo dos años), holgazaneando y escaqueándose con maestría (aquí, en Cádiz, muchos/as lo llaman picaresca, y tampoco va tan desencaminada la cosa porque mi amiga la RAE define “pícaro” como “bajo y ruin” pero también como “astuto”), se quedó en agua de borrajas. To be continued

El caso, que al final siempre termino enrollándome más de la cuenta, que no sé si el bienestar, buen rollo y energías positivas con que he amanecido hoy tiene más que ver con el alprazolam de anoche o son el fruto del trabajo psicológico que intento hacer diariamente.


Tampoco voy a darle más vueltas. Voy a aprovechar que hoy me siento más orgulloso free lance que resentido y culpable parado.
¡A trabajar! ¡O a lo que sea!
 Free lance: “quien trabaja independientemente en trabajos escritos o gráficos o en otras actividades”, definición que en mi no tan amiga RAE aparece propuesta para ser suprimida… ¡nooo! ¿por qué? Enmiéndenla o amplíenla, eminencias lingüísticas, pero, por favor, desde aquí les pido que no supriman el adjetivo con el que me consuelo creyendo que trabajo.

Retales de mi Diario de Pensamientos. 17 de Junio de 2013.

17 de junio 2013.

Me enerva la sangre que los futbolistas, por poner uno de los ejemplos más llamativos por ser de escandaloso consentimiento público (otro día hablaré de los políticos, que honestamente pienso –aún a riesgo de que parados, desahuciados, anarquistas y homosexuales, entre otros, quieran lapidarme– que aunque desorbitados sus sueldos y desproporcionados sus privilegios laborales creo que, al menos en la teoría, cumplen una función necesaria para que el país funcione, aunque ahora más parezca que su especialidad es hundirlo del todo), cobren lo que cobran.
Bueno, a este no hay por dónde cogerlo de ninguna de las maneras...

No me vale el argumento de que les paga una empresa privada y que es un espectáculo (no digo ya deporte) que moviliza auténticas masas. En los circos romanos los gladiadores luchaban contra leones en vivo y en directo. Ý también era un evento multitudinario.

Tampoco me vale que de él se benefician, directa o indirectamente, más o menos relacionadas en su estela de farándula, muchas personas y que gracias a él comen muchas bocas. Es como la cadena del comercio justo. Me indigna la injusta desproporción entre unos eslabones y otros.

No propongo prohibir el fútbol ni aniquilar a los futbolistas. No tengo nada en contra de ellos. Solo de sus desorbitados y vergonzosos sueldos millonarios (sin nombrar los “sobresueldos” que se sacan con campañas publicitarias, posando como imagen de una marca y bla bla bla). Especialmente en un momento de “ajustarse el cinturón” donde todos estamos siendo “recortados”.
En todo caso, a más de uno, y mira que le tengo coraje al Ronaldo este,
yo les pagaba por quitarse la ropa. Mierda de sociedad superficial y materialista
que al final a todos nos hace cegarnos ante los cuerpos de estos chulazos.

¿Son estrictamente necesarias esas astronómicas cifras? ¿pasaría algo si en lugar de tres mansiones en Miami, un ático en Nueva York, una casa en su ciudad natal, dos ferraris para los fines de semana y otros cinco cochazos para cada día de la semana; tuvieran lo mismo que todo “hijo de vecino”? ¿No podrían comer, vestirse, “dar” una “vida digna” a sus familiares cobrando una cantidad más razonable y equitativa?

Igual digo una gilipollez, pero a un ignorante como yo que no entiendo ni jota (ni ganas) de economía solo se le ocurre preguntar. ¿No se les podría pagar menos, y que el resto se repartiera a partidas de I+D, investigación científica, sanidad…?

De nuevo, pecando de ignorante, me planteo que si todo ese dinero se paga es porque lo hay, porque se genera, ¿no? ¿De dónde sale? ¿por qué una repartición tan desigual? ¿Por qué nos tiramos a las taquillas de los estadios de fútbol para pagar lo que no tenemos, nos abonamos al canal plus (qué anticuado estoy) y nos vamos a un bar a tomar una (o las que se tercien) cerveza para disfrutar como merece del “partido del siglo”? Siempre me llamó la atención esa expresión porque partidazos de esos los hay cinco o seis veces cada año. Lo siento pero no me salen las cuentas. Ya digo que las matemáticas no son lo mío.
Como diría Mou, para hacer una paráfrasis acorde (buscad en youtube “Balada de Mou”), ¿Por qué?

¿Por qué no empleamos esa misma afición, esa devoción y esa pasión tan sentida que hasta somos capaces de terminar a palos por “defender” a nuestro equipo para rebelarnos ante barbaridades tan clamorosas como las que estamos consintiendo hoy día en nuestro país?

¿Por qué solo nos llevamos las manos a la cabeza –ojo, que yo también me las llevo, y no digo que haya que dejar de llevárselas– cuando salen a la luz los sueldos de los políticos y no los de los futbolistas?

¿Por qué?

Hoy he presentado en un Instituto de Educación Secundaria mi propuesta de talleres de ocio productivo para verano y, en un momento dado, hablando de la evolución de la figura del escriba a lo largo de la historia, al plantearle a los revolucionados y hormonales chavales si les parecía justo que un escritor, un maestro o un médico, por ejemplo, cobraran mucho menos que un futbolista; tras escuchar con pavor su tajante respuesta , he tenido que controlar las ganas de cortarme las venas allí mismo. 

Esos/as adolescentes son el futuro. Y no tienen la más mínima duda en pensar que claro que está bien, que es “normal” que el futbolista cobre lo que cobre porque hace deporte y no engorda (ha habido respuestas para todos los gustos) y porque moviliza a mucha más gente que cualquier otra cosa (cito literalmente, eso se lo han debido escuchar a un adulto). Y, por supuesto, que ver un partido de fútbol es mucho más divertido que ir a clase (discrepo, y no por repelente sino porque no termino de verle la gracia a una panda de tiarrones corriendo detrás de una pelota).

martes, 23 de julio de 2013

¿Qué haría "un escritor" sin sus palabras?

"¿Qué haría un escritor sin sus palabras?

Tienes un don, el don de expresar con la escritura. Con tu forma de ser, tan detallista, meticuloso, metódico y minucioso diseccionas los sentimientos y tienes la facultad de buscar la palabra exacta para cada cosa. 
¡Te quiero mucho bonito!"


Todavía me aferro a esa idealizada descripción de mí que me regalaste para presentar mi merienda compartida.
I love you.




Retales de mi Diario de Pensamientos. 22 de Mayo de 2013.


22 de Mayo de 2013.

Anoche estuve viendo "MasterChef" con mi madre. Hacía tiempo que no compartíamos el momento sofá al final del día, bien porque yo me metía en mi cuarto a leer o a ver algo en el ordenador, bien porque ella se acostaba pronto (la sobrehumana vitalidad y energía que derrocha durante el día se humaniza a partir de las 9 de la noche, donde se vislumbran hasta atisbos de mundano cansancio) o yo llegaba más tarde que ella o bien porque no terminamos de encajar nuestros gustos televisivos (en el fondo, sé que si me pusiera al día con la trama de "Gran Reserva", "Águila Roja" o incluso de "Amar en tiempos revueltos" estaría tanto o más enganchado que ella, realmente nuestros gustos no distan tanto).

Antes de que cayera en ese genuino estado de semiinconsciencia en el que entra cuando se sienta en el sillón, encendí la tele yo y puse "El intermedio". La mierda de especie de lumbago este que tengo no se me termina de quitar y por la noche mi marchito cuerpo solo acepta la posición horizontal del sofá.

Antes de que empezara a no contestar a mis comentarios, a no saberse si está con los ojos cerrados o abiertos, aparentemente dormida pero sorprendentemente despierta para decirte que no le cambies de canal que lo estaba viendo (en su quinto sueño, imagino) si se te ocurre coger el mando y amenazar con el amago de zapping. Cuando todavía estaba en reconocible estado de vigilia, en ése momento, ahí, estuvimos viendo "El intermedio".

Polemizaban sobre el vergonzoso derroche que supuso en el 2002 costear la boda de la niña del por entonces bigotudo presidente del Gobierno. Un aberrante presupuesto que encima pagamos en buena parte todos/as los/as españolitos/as. Sin siquiera ser invitados a la dichosa boda, casi que tuvimos que hacerle el regalo de si hubiéramos ido, manda huevos. Si ya digo yo que cada día estoy más hasta los cojones de las bodas ajenas (más porque la propia no llegará y no amortizaré nunca).


Mucho más favorecida la versión click, dónde va a parar...

Y, después, peliagudo tema sobre la actual propuesta de Reforma Educativa, donde la nota de la asignatura de Religión contará como media para la calificación global del alumnado (algo que, si no entendí mal, no pasaba desde los años 70, con razón Aguirre habla en tono despectivo de "los progres", hija mía, es que vosotros sois pelín arcaicos).

El Wyoming, su séquito y su claro posicionamiento ideológico no desaprovecharon la oportunidad para poner a caldo a la Iglesia y a sus élites mandatarias.

Momento tensión latente entre mi madre y yo. Ella viendo y escuchando las blasfemias desde su sillón, y yo desde el mío. Su generación, y la mía reunidas en el mismo salón.

Sin embargo, y en contra de lo previsible, ella tampoco parecía estar del todo de acuerdo con la propuesta de Reforma Educativa (supongo que con unos matices diferentes a los que yo argumentaría, pero bueno, el caso es que la situación se distendió, ella es más modenna de lo que creo y yo menos "liberal" de lo que abandero).

Y luego ya, neutrales y atontados por la hipnosis de todo reality televisivo, pasamos a reirnos de la chuminosa Maribel y de sus ridículos llantos frente al jurado cuando tiene que presentarles su plato terminado, de la sobreactuada prepotencia de Cerezo y de los churros crudos y sangrientos que simulaban el Solomillo Wellington que debían presentar los/as concursantes.


Por cierto, mensaje para los estilistas de Eva González: maricones, a ver si sacáis más provecho de la muchacha con lo guapa que es. Y a ti, Eva, reina mora (como diría mi "difunto", y de verdad que hay más de cariño que de acritud, vivo la fase superación del Duelo, y recuerdo los buenos momentos sobre los de traición y reproche; y es que el joío tenía un fantástico sentido del humor y unas expresiones geniales), no intentes hablar fisno que lo que consigues es emitir un falso deje andaluz en lugar de un bonito y propio acento (presentado la Copla en Canal Sur estás mucho más natural).

Creo que a partir de hoy empezaré a pasar las noches en el salón con mi madre aunque esté viendo en la tele algo que no me guste. No descarto del todo terminar dejando encima de la mesa el libro que esté leyendo (porque además ahora estoy empapándome de cuentos infantiles, que tampoco requieren de mucha concentración)para abducirme por los entresijos de traiciones familiares que es esa especie de Falcon Crest a la española que parece ser el "Gran Reserva" ése.


Dejar de querer.


Igual es algo ñoño, sensiblería barata y de lágrima fácil.
Cóctel que siempre funciona conmigo. 
A veces creo dar una falsa imagen de cultureta pedante y hasta prepotente, pero no es más que fachada.
Soy un ignorante gilipollas y llorica.
Veo en "Tú sí que vales" a un hombre mayor, entrañable por presentarse a un "programa de talentos a su edad", recitando unos versos cursilones con voz de Bucay narrando sus cuentos (que, por lo visto, no valen y son un descarado plagio, con lo que a mí me encantaban) e inmediatamente, con los ojos vidriosos, me voy al ordenador a buscarlo en youtube.
Y hoy, no sé por qué, para inaugurar este blog, me ha venido a la cabeza este video.
Esas palabras...
 "Se deja de querer" "...abrir la mano y encontrarla vacía..."
Qué tontería, ¿no?
Ya hace más de un año (mucho más seguramente) que dejó de quererme y ya no lloro por las esquinas y hasta me creo ser un hombre nuevo, crecido y resucitado, pero sé perfectamente que si volviera a verle mi ilusoria reconstrucción se derrumbaría.
Tiempo.
Más tiempo.
Y ahora vivo el otro lado, el oscuro, y tengo la oportunidad de acercarme a la sensación a la que en su momento no se me dio la oportunidad de hacerlo. La de quien deja de querer.
Duele dejar de ser querido, pero también es jodido dejar de querer.
Supongo.
Nunca he dado tiempo a que eso me llegara a pasar, cortaba de raíz ante el menor atisbo de sospecha.
No me creo más que nadie, ni pretendo juzgar a nadie, como pido que no se me juzgue a mí, pero honesto sí. Pedante y cultureta no, pero honesto creo que lo soy un rato.
Y a veces hasta más sincero de la cuenta. Por eso tengo que reconocer que, a pesar de los pesares, a pesar del tiempo, la distancia, la invisibilidad, la traición, el dolor y hasta a pesar de darme cuenta que soy más feliz (más tranquilo) ahora; le sigo echando en falta.
Qué tontería, ¿no?
Gilipollas, lo que decía.
Y de prepotente nada. Soy tan básico que sigo sin entender porqué no se deja de querer a un familiar o a un amigo si no hay una causa de mucho peso de por medio, y sí se puede dejar de querer a alguien de quien has estado enamorado sin que pase nada. Nada más que el tiempo, la rutina y los obstáculos a sortear. Ni más ni menos que lo que pasa en cualquier otro tipo de relación que no sea la afectivo-sexual.
Química incontrolable y puñetera, que tal como viene se va...

"Se deja de querer
(José Ángel Buesa.
Películas y música: gettyimages.
Idea, voz y producción: Rafael Turia).

Se deja de querer
y no se sabe por qué se deja de querer.
Es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.
Se deja de querer
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed.
Como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer
y es como el ciego que aún dice adiós llorando después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya solo sabe que regresó por él.
Se deja de querer
como quien deja de andar por una calle
sin razón
sin saber.
Y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que, al recogerlo, se evapore también.
Se deja de querer
y es como un viaje detenido en la sombra
sin seguir ni volver.
Y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.
Se deja de querer
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel
o escribir en la arena
la fecha de mañana y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer.
Y es como la sortija que se quitó del dedo
y solo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer
y no se sabe por qué se deja de querer".

Cómo cuesta entender que se deja de querer y punto, cojones.



lunes, 6 de mayo de 2013

Carta a Mariano.

Querido Mariano,

No sé muy bien cómo empezar esta carta ni qué tono emplear hacia alguien tan importante como usted y con una labor tan encomiable como dejarse la piel gobernando un país que se derrumba, ideando medidas tan eficaces y lógicas para salir de ese profundo y oscuro boquete en el que parece que cada vez estamos más metidos.

Aunque mi carta va en otro sentido (o no, según se mire). Consciente, eso sí, de estar siendo la fácil carnaza para la oculta pretensión de desviar mi indignación –y la de más de un colectivo– con polémicas secundarias (si las comparamos con otras que deberían ser mucho más urgentes ahora mismo), quiero sugerirle una arriesgada propuesta.

Hay rumores de que ciertas élites eclesiásticas (Rouco and company) le están presionando por no sé qué de una promesa –o algo parecido– que usted y los suyos le hicieron hace un tiempo para subsanar las dantescas modificaciones socialistas que, en su día, en cambio, parecieron, dar respuesta a un nuevo modelo de sociedad, más abierta y tolerante. O al menos así lo creímos los más utopistas. Me refiero, en concreto, a la aprobación del matrimonio homosexual, que ahora, incompresiblemente, vuelve a ser puesta en tela de juicio.

No considero que su permanencia o suspensión sean, de verdad, trascendentales hoy por hoy, porque dudo mucho que influya de manera alguna en la consecución de la meta que creo todos –socialistas, populares, izquierdistas, indignados, ni-nis, intelectuales, curritos… – deberíamos estar persiguiendo al unísono: salir de esta mierda de Crisis, más que perder el tiempo en tirar pelotas en el tejado del otro. Y segundo porque, honestamente, pienso que sería un absurdo paso atrás. Antes que por maricón, por persona tolerante y mínimamente coherente que intento ser.

Quiero proponerle no solo la no desaprobación –retroceso, las cosas por su nombre– del matrimonio entre personas del mismo sexo, ni la chuminada de ponerle un nombre diferente a ese “otro tipo” de unión (¿acaso para no equipararla?), porque sería una clara discriminación lingüística (la siempre acertada Bibi me daría toda la razón); sino dar un nuevo paso en la reconstrucción –que no destrucción– del papal y ancestral –curioso que ambas palabras terminen igual– concepto de “familia tradicional”.

Quiero poder casarme con mi perro y gozar de los mismos derechos (y obligaciones, a pesar del espeluznante matiz de esa palabra para esta acepción) que otra pareja cualquiera. Solicito añadir una nueva variante a las posibilidades de dúo legitimadas en España –por ahora: hombre-mujer, mujer-mujer, hombre-hombre–.

A continuación explico los fundamentos de una proposición que estará haciendo llevarse las manos a la cabeza a más de uno porque, bien analizados, no resultan tan descabellados. Permítame explicárselos, Mariano.

Tengo treinta y dos años. Los diez últimos los he pasado, además de con otros menesteres, practicando la mariconería activa, manifestándolo cuando he considerado oportuno y apoyando desde la mínima discreción y formalidad que creo que requiere la defensa de los derechos homosexuales. Casi cinco años compartiendo techo y lecho con otro maricón (aunque él se creyera muy macho). Y estos últimos meses los he dedicado a intentar superar el momento en que, cual Remedios Cervantes en “Atrapa un millón”, dicho maricón me hizo perder el premio gordo para recibir un fantástico aplauso del público y mandarme a casa tan atónito y perplejo como el concursante que, ejemplarmente, contuvo las ganas de matar en directo a la desafortunada modelo-presentadora-actriz, pero sin la segunda oportunidad que, si no tengo entendido mal, se le concedió a él (por obvios motivos éticos).

En dicha labor de asimilar la traición del hijo de puta de mi ex (uy, perdón, se me ha escapado, mira que mi psicóloga me tiene dicho que guardar rencor, a pesar de ser muy humano, no me va a reportar ningún beneficio, y debo pensar que sus consejos son valiosísimos a juzgar por el precio de la consulta; además, como tonto romántico empedernido que a pesar de ello sigo siendo, mantengo mi teoría de que es imposible odiar a quien tanto amé, en todo caso sería despecho y dolor, jamás merecedor de un calificativo tan atroz y que tan injustamente implica a mi santa –sin sarcasmo, lo digo de corazón– ex suegra), comencé la búsqueda de un nuevo candidato. Sí, soy marica y aún creo en el amor monógamo, en la fidelidad y en el compromiso. Lo cortés no quita lo valiente.

Hasta rocé la manía persecutoria y obsesiva con un buenazo que, ante mi declaración tan impulsiva como atropellada, también me premió con el fantástico aplauso del público. Y encima, en lugar de entenderlo tal cual era, sesgué creyéndome una oculta e inventada correspondencia por su parte que no quería reconocerme por lo delicado del momento que los dos atravesamos (él mucho más que yo).

Y hoy, convencido de cambiar mi errónea estrategia y antes de que la picha se me caiga a trozos por inservible, me dispongo a follar a diestro y siniestro con cualquier pene pegado a un hombre (sin que necesariamente venga acompañado también de un cerebro) que se me ponga a tiro y que cumpla ciertos requisitos mínimos. Para ello, me he venido con mi citado perro (Dante) y una mochila cargada de lubricante y condones a “cazar” como ave carroñera a la playa. Andando hasta más allá de la invisible frontera a partir de la cual empieza la localista y peculiar caravana playera del orgullo gay. No estoy diciendo nada que no sea de dominio público, no se escandalice Mariano, hablo de la hipócrita pseudo-clandestinidad ante la que unos cierran los ojos y que otros aceptamos, más o menos convencidos pensando que no deja de ser otra forma de gueto discriminatorio (¿y necesario?).

No hace falta tener ningún sexto sentido para darse cuenta de lo que digo. Basta con percibir los escáneres visuales que recibes de pies a cabeza –con especial detenimiento en lo mucho o poco abultado de tu entrepierna– por parte de los semidesnudos moradores de ojos avizores que pululan ocultos por entre las dunas ataviados en no pocos casos con tangas o cuasi prendas similares tan llamativos como horteras (este verano creo que vuelve el siempre recurrente estampado de leopardo). No me extrañaría que, dentro de poco, en esta estratégica zona de la playa en vez de los lateros de toda la vida con sus archiconocidos “llevo la servesa, er fanta, er cocacola, er agua” empezaran a proliferar locazas musculadas con collares hawaianos, purpurina desperdigada por su apolínea anatomía y glamourosos cócteles con pajitas fluorescentes y banderitas multicolor (mierda, esto último debería habérmelo reservado como patente de negocio propio).

Así pues, ese sexo anónimo, esporádico y sin compromiso que se supone que venía buscando hubiera sido perfectamente posible de no ser porque uno de los requisitos era que el pene pegado al hombre no sobrepasara la media de los cuarenta años. Y es que uno, Mariano, todavía tiene la altivez de creerse de medio buen ver (a pesar de los kilos de más cogidos con el prozac y de la autoestima perdida por el camino) y la osadía de no conformarse con “cualquier cosa”. Y porque por muy moderno y liberal que me quiera abanderar, la castradora educación cristiana (ojo, que sí estoy de acuerdo con muchos de sus valores) me ha hecho más mella de la que quisiera reconocer y, en el fondo, soy de los que necesitan una café o cerveza y aunque sea una superficial conversación preliminares.

Intuyendo que ya iba a regresar a casa igual que vine, “cargadito de amor” (otro día que sumar en el cómputo de mi abstinencia sexual, que empieza a pasar de razonable a preocupante, esto no debe ser sano), me he sentado en una de esas dunas-parapeto para escribir la conclusión a la que he llegado y con la que empezaba este escrito, sin descartar del todo la fantasía de terminar sosteniendo con la mano otra cosa algo más gruesa –tampoco tanto– que el boli con que escribo y que igualmente podría meterme en la boca (disculpe la obscenidad, Mariano, pero seguramente su amigo Rouco o alguno de sus colegas sepan bien de qué hablo).

Mientras tanto, Dante, mi perro, me lamía (no voy a hacer ninguna otra grosera analogía), me empujaba la mano con su hocico reclamando mis caricias y me miraba de esa manera en que nadie más que él me ha mirado en la vida.

Entonces lo he visto claro. Él es mi marido perfecto. No tengo que seguir buscando. Me quiero casar con mi perro. Por eso le pido, admirable y siempre comprensivo Mariano, no solo que no sucumba a las presiones eclesiásticas y desapruebe –o ponga fin a la equiparación legal– la unión matrimonial entre personas del mismo sexo sino que amplíe sus posibilidades y añada el supuesto legal de que uno de los cónyuges sea perro (muchas veces es un perro –en el también injusto pero usado sentido figurativo–, y siempre se ha permitido, en realidad tampoco pido algo tan raro).

Sí sería más flexible a la hora de aceptar que decida ponerle un nombre distinto a la unión marital con mi perro, porque sería entre seres de distintas especies (me mantengo irreductible, en cambio, como Oliverio hacia las mujeres que no saben volar, en no consentir otro calificativo, por considerarlo separatista e inconstitucional –porque distinguiría, descaradamente, en función de la orientación sexual–, a la unión de dos seres humanos, personas antes que heterosexuales u homosexuales, no está mal recordarlo de vez en cuando).

Exijo, pues, la equiparación de derechos en la unión (o como decida llamarle) con mi perro. Y para terminar de convencerle, Mariano (y, de paso, Rouco), acabo resumiendo en cinco sencillos puntos los motivos de mi elección:

-Uno: mi perro es un superdotado sexual. No tiene un rabo, sino dos. El primero siempre bailongo y feliz, y el otro mucho mejor despachado, por cierto, que el altramucito que más de uno tenemos por pene. Y aunque me da cierto asquito pensar en esa práctica de zoofilia, también creo que en tiempos de guerra (y de Crisis) cualquier agujero es trinchera.

En cualquier caso, seríamos una pareja total y verdaderamente abierta. A mí no me molestaría lo más mínimo que él se acostara con otras perras (es más, le busco novia porque estoy deseando tener un cachorro suyo) ni a él que yo me lo montara con otros hombres (no es celoso).

Aprovecho para recalcar que mi perro es muy macho, por si alguien aun albergaba la estúpida duda de que la homosexualidad es contagiosa, y para reivindicar también la adopción por parejas homoparentales. Sí, los “desviados” nacemos, no nos hacemos ni nos hacen. Como tantos otros, yo provengo de un heterosexual y religioso matrimonio (lo que demuestra que la heterosexualidad tampoco se transmite). Ni vamos a dejar de existir ni vamos a proliferar como una plaga a la que haya que exterminar por ser criados por dos hombres o por dos mujeres.

-Dos: en términos económicos, no me parece justo que por haber sido abandonado por el cabronazo de mi ex (perdón otra vez; recanaliza el dolor, corrección terapéutica: por la persona que he de asimilar que dejó de quererme sin más, sin que hubiera un chulazo con más dinero, más músculos, más centímetros y más minutos de aguante que yo de por medio) en una edad tan delicada –a los gays, por nuestro lado femenino, también se nos pasa el arroz– para volver a encontrar candidato medianamente aceptable (pene y cerebro, al menos) e iniciar una nueva relación, en un momento político en que además parece peligrar hasta la opción de pedirle a algún amigo el favor de un matrimonio de conveniencia. De seguir solo como la una, jamás amortizaré todo el dinero que he invertido (e invertiré) en las bodas de todos/as los/as amigos/as y familiares de mi generación que todavía se están casando (a ver si paráis un poquito, queridos/as). Quiero tener el mismo derecho que todos/as ellos/as a incluir mi número de cuenta en las invitaciones de mi boda con Dante.

-Tres: aunque Dante no hable (y para muchos de los amantes de los gatos sea un animal tonto y básico), sí me escucha. No podía decir lo mismo de quien se pasaba las escasas dos o tres horas que teníamos al día para “estar juntos” pegado a su ordenador chateando de forma patológica (lo digo sin acritud, de verdad, solo espero que esté tratándose esa adicción, como yo me estoy tratando la mía).

Sus pezuñitas no dan para las teclas de un ordenador y mucho menos para los teclados táctiles de un Smartphone. Además, a Dante, como a mí, le gusta más dedicar la mañana de un soleado domingo en darse un paseo por la playa que en quedarse tirado lúgubremente en el sofá delante del ordenador o, como mucho, en patearse los centros comerciales para ponernos los dientes largos ansiando tener los lujos expuestos en los escaparates que ni de coña nos podíamos permitir.

-Cuatro: espacialmente, es el compañero de piso ideal. Ocupa menos que cualquier hombre (es un teckel) y hasta suelta menos pelo del que sueltan muchos de ellos (es de pelo corto y no se afeita) y solo se ducha una vez al mes y, por cierto, no coge la peste que cogería un tío que se pasara ese mismo tiempo sin ducharse (es un olor diferente). Su tamaño es más acorde a los cada vez más minúsculos pisos que se construyen hoy día y/o más apropiado para sumarse al clan familiar junto a los suegros, hermanos, abuelos e hijos que forzadamente están reagrupándose bajo el mismo techo, como otra de las consecuencias de la histórica cifra de parados/as en la que creo que su Reforma, Mariano, ha tenido inevitablemente algo que ver (junto a otros factores, no se lo quito). No necesito cama de matrimonio, Dante y yo cabemos perfectamente en una cama de noventa en casa de mi madre.

Sí, confieso que yo podría vivir en una casa propia (alquilada por supuesto, ni muerto me planteo hipotecarme la vida), con trabajo, pero cometí la indecencia y la chulería (a día de hoy me sigo castigando por ello) de cambiar el sueldo de mil doscientos euros que cobraba y que no me daba casi ni para ahorrar porque el destino al que requería desplazarme –cambio de comunidad autónoma– dicho trabajo me hizo entramparme en un coche (con todos los gastos paralelos que implica) y meterme en un crédito bancario que a día de hoy sigo pagando para haber amueblado una casa que no me he quedado (en la época en que mi ex era el querido novio con el que creía tener un proyecto de vida compartido). Aun siendo renta, y no hipoteca, tenía que compatibilizar su pago con el derroche de llenar la nevera para tener algo que llevarme a la boca (lo siento, querida Cospe, sacada de contexto o no, su frase es una barbaridad integral, no hablo de jamón de pata negra sino de un triste rulo de chóped en oferta, o sea, citando textualmente la definición de la RAE, “embutido semejante a la mortadela”). Y porque estaba sometido a la dictadura de una jefa que se creía (y me temo que se sigue creyendo) que mandar era imponer irracionalmente y putear de forma gratuita y porque lo que aún me quedaba de osadía y soberbia me hacía creer que, a pesar de lo chungo del panorama, podía aspirar a algo más (y no me refiero a lo económico, que para mí un sueldo que supera las tres cifras ya está genial; sino a las competencias y a la libertad laboral) que a un grupo profesional dos puestos por debajo en la categoría profesional que por formación (¿y valía?) me corresponde y porque tampoco me daba la ventaja de “total” estabilidad del ansiado funcionariado (como interino, también podía ser despedido en cualquier momento con el fantástico –desconcertante, desolador– aplauso del público, que tan familiar se me está empezando a hacer).

-Cinco: nadie va a quererme más incondicionalmente que mi perro. Eso se lo puedo asegurar, Mariano. Bueno, sí, mi madre, pero ahí ya entraríamos en el pantanoso territorio de lo incestuoso.

Por eso, Mariano, Rouco y demás élites eclesiásticas, legisladores/as, Bibi, Cospe y resto de farándula política, les ruego encarecidamente que valoren mi petición y decidan, finalmente, aceptarla para poder ir preparando nuestras invitaciones de boda humano-canina. A parte de por todo lo expuesto, es una de las pocas formas que se me ocurren para embolsarme algo de pasta ahora mismo.

Muchas gracias por adelantado por su atención,



Javi y Dante.



PD1.: Efectivamente, al final me voy de la playa como vine, “cargadito de amor” y caliente como un chino (los esculturales cuerpos danone abundan más en la zona hetero, pero se pavonean –o es que yo estoy cada vez más salido– casi igual que en la homo). Además, no quiero quedarme viudo antes de tiempo matando a mi futuro esposo (si ustedes me lo terminan permitiendo) de deshidratación, que jadea desesperado buscando una sombrita, con la lengua arrastrándole por la arena. Animalito. Menos lubricante y más botellitas de agua, creo que me diría si pudiera hablar.

PD2.: Pido disculpas por tanta blasfemia e indecencia juntas. Mi madre no me llevó a un colegio religioso para que acabara diciendo estas cosas. Y tengo tantos motivos para no creer en Dios como para sí creérmelo, pero muchos más por los que criticar y no alabar a su supuesta representación en la Tierra (élites eclesiásticas, no digo ni siquiera Iglesia, que para mí son todas esas buenas personas que de forma anónima –sin alardes ni ofensivos pregones moralistas– y sin recibir más beneficio ni reconocimiento que el de sentirse bien, aportan su granito de arena para conseguir un mundo menos injusto).

Así que, por si acaso, y como su inmensa misericordia redime hasta los más sucios pecados de la chusma más marginal como yo, pido perdón. Prefiero una eterna permanencia en la corte celestial (aunque a veces pienso que aquello tampoco debe ser el colmo de la diversión) antes que una reflexiva estancia en el purgatorio (me remito, de nuevo, a la definición de la RAE: “en la doctrina católica, estado de quienes, habiendo muerto en gracia de Dios, necesitan aún purificarse para alcanzar la gloria”), más que nada porque, además de un coñazo, tengo comprobado que psicológicamente no me beneficia nada pensar tanto.