jueves, 25 de julio de 2013

Retales de mi Diario de Pensamientos. 22 de Junio de 2013.

22 de junio 2013.

Hoy he descubierto varias cosas sobre mí y sobre el mundo:
UNA: lo que he líao para ahora no estar tan seguro de querer casarme algún día. No al menos si casarse significa ponerle una correa a tu pareja y que ella te la ponga a ti en forma de anillo y de firma de contrato. Que me hayan dejado por otro (u otra cosa), la crisis de los 32 y no tener un trabajo remunerado sino una dedicación gratuita que encima me hace replantearme todo me han hecho creer que debía convertirme en la Juana de Arco del Colectivo LGTB.

Y no soy más que un treintañero solitario, con ganas de novio, pajillero y con mucho tiempo libre que todavía sueña con historias de medias naranjas. Ayer me enamoré y me desenamoré por la mañana y por la tarde me volví a enamorar. De tres hombres distintos.

DOS: Hay brujas a las que les ofende profundamente que lleve suelto por la calle a Dante aun habiendo enmendado el que era mi pendiente compromiso de civismo. De acuerdo que tengo al perro más territorial y con más autocontrol y dosificación sobre su miccionado y que en lugar del botecito de cincuenta centilitros con agua y “mistó” que llevo, debería hacerme con una garrafa de cinco litros cada vez que lo saco. Pero algo es algo, señora, usted no lleva atado pero no lleva ni una bolsita para las cacas del suyo, bonita. Que no es usted la única a la que le hace falta que le echen un buen polvo, pero no hay que pagarlo con el resto del mundo.

TRES: Ayer me enseñaron (y me creí) que existen mujeres con pene y hombres con vagina, transexuales que no “se cambian de sexo” sino que “reafirman su identidad”. No reduzcamos la sexualidad (y mucho menos la identidad con la mera genitalidad). Con lo que si una mujer que nació con pene y era lesbiana, si se hormona y se trata, no por “arreglar un fallo de la naturaleza” (matiz despectivo, diferenciador, discriminatorio) sino por “retocarse” como la que se pone tetas, el que se alarga el rabo o quien se pone los labios del chocho de una mona, para estar más a gusto consigo mismo/a; y cambia pene por vagina, no deja de ser lesbiana. Es una mujer transexual lesbiana (mientras que poner etiquetas siga siendo necesario para los logros políticos y legales).



De verdad que no estoy rizando el rizo, lo dijeron en la Universidad de Cádiz, en el Primer seminario sobre Diversidad Afectivo-Sexual. Por cierto, muy recomendable el visionado del documental de Javi Larrauri, desgarrador y testimonial, “Testigos de un tiempo maldito”.


CUATRO: A veces, la felicidad es abrir la nevera para ver qué desayunas y encontrarte ocho kinders que trajeron ayer tu hermano y tu “cuñi” como vestigios mudos de la fiesta de fin de curso de su cole, esperándote y chillándote “¡cómeme! ¡arriba las grasas saturadas!”.

La infelicidad es que los kínder ahora solo tienen forma de huevo, pero es un engaño, no lo son. Ahora son “kínder Joy” y vienen con una ridícula palita de plástico para que te comas lo que ahora han convertido en una crema blanca con dos bolitas en medio tipo Ferrero rocher.

Y la tragedia más absoluta llega cuando descubres que en vez del muñequito de “Monstruos University”, te ha tocado una mierda de sorpresa que no sabes ni para qué sirve.

CINCO: No soporto estar a malas con mi madre. Ya ha leído la carta que le escribí, asertivamente, pero en tono de disculpa. Me ha dicho que tiene que reflexionarla (en el fondo, era lo que pretendía, lo máximo a lo que pueden aspirar dos posturas irreconciliables es a coexistir, no a entenderse). Y, en todo caso, prefiero seguir con ella tan ricamente como estaba estos últimos tiempos antes de abrir la boca con según qué tema, como si nada hubiera pasado. Porque lo importante es que la quiero y me quiere, sin más matices.

SEIS: ¡Suerte a todos/as los opositores/as! Pero más a los/as que yo conozco, que son los/as que más se merecen esas limitadas y ambicionadas plazas… ¡ánimo, chicos/as! ¡Ahora más que nunca, el país necesita de buenos/as maestros/as!
Y termino diciendo otra cosa que aprendí (o que, al menos, me ha hecho reflexionar) en el Seminario de ayer: No estamos es Crisis, estamos volviendo a una lucha de clases sinsentido.

Retales de mi Diario de Pensamientos. 20 de Junio de 2013.

20 de junio 2013.
¿Estamos condenados al enfrentamiento y a la total falta de entendimiento? ¿Es cosa de generación? ¿educación? ¿valores? ¿o de religión? Sorbe-cerebros que manipula jugando con lo más vulnerable del ser humano: su desconcierto y temor ante la muerte y el más allá, para hacernos olvidar el más acá. La puta religión, sí, la puta Iglesia. La libertad de cada uno termina donde empieza la del otro.

"Serial Killer"
Javi Larrauri. 2009.

Jamás he criticado a mi madre, o sí, pero siempre constructivamente y desde el más absoluto respeto. Igual con su sucesora y su marido. Pero ayer me ofendieron, me hirieron y no me callé. Y la lié. Y me tuve que volver a callar. Porque iba a decir barbaridades tan gordas como que a ningún padre biológico se le examina exhaustivamente cerebro, vida social, creencias y nómina para “certificar” que puede hacerse cargo de la educación de una criatura. Mi padre fue un nefasto padre y un peor marido. Era obvio que, sin saber hacerse cargo de sí mismo, difícilmente iba a saber hacérselo de una familia numerosa.
Por supuesto, hay que procrear, es la sagrada misión del matrimonio. Por eso vine yo a este mundo. Javi goma rota, el quinto hijo a los cuarenta que nadie esperaba. Un complejo que me alimenta saberme considerado por mi madre en una categoría distinta que a la del resto de mis hermanos.
Porque a lo demás no se le puede llamar matrimonio. No por discriminación, sino por distinción. Discriminar: “seleccionar excluyendo, dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, (sexuales), etc”. Distinguir: “conocer la diferencia que hay de unas cosas a otras. Hacer que algo se diferencie de otra cosa por medio de alguna particularidad, señal, divisa, etc”.
-Podéis tener los mismos derechos, pero que no se le llame igual.
-¿Por qué?
-Porque no es lo mismo.
(Discriminación)
-¿Cómo se le llama entonces?
-De otra forma. No sé, ¿unión?
(Distinción).
Distinguir va de la mano de discriminar. Y duele más viniendo de seres queridos, que han visto lo mucho que puedes llegar a querer, lo imbécilmente sensible que eres y la de quebraderos de cabeza que te trae querer ser coherente y “buena persona”.
Duele que se te considere ciudadano de segunda por lo que haces en la cama y con quién te lo haces.
-Entonces un hombre y una mujer que se casan y no tienen hijos, no son matrimonio, ¿no?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque son un hombre y una mujer.
Discriminación. Pura y dura. Por más que quiero intentar entenderles y ser tolerante, no puedo. Yo no les coarto (“limitar, restringir, no conceder enteramente algo”) sus derechos ni sus libertades. Ellos a mí sí. Distinguiéndome. Discriminándome.
Duele que venga de cristianos (“perteneciente o relativo a la religión de Cristo”. Cristo: “el Hijo de Dios, hecho hombre”).
-¿Yo no soy hijo de tu Dios?
-Sí… Claro (¿con dudas?).
No quise seguir preguntando por no seguir escuchando. Cada respuesta me provocaba una lágrima de las que más duelen.
Lloré, me cabreé, me indigné, me dolió. Me acosté con ideas extremistas y apocalípticas. Pero hoy me he levantado y he recordado mi nuevo trabajo. Ése que no me pagan y que me estoy inventando cada día, sin horarios ni protocolo corporativo.
He cargado mi mochila con una biografía de Franco, una biblia, una historia de España para niños, “Momo”, la biografía de John Lenon, Dalí y Miguel de Cervantes (no he encontrado la de Lorca), “El hombre y su poesía” de Miguel Hernández y “Ahora hablaré de mí” de Antonio Gala. Y todos los escritos que escribía desde los catorce años que he podido ir recopilando. Religión y maricones. Pasados y presentes.

He cogido la bici y me he ido.
He dado los buenos días a mis amigos/as por el grupo de wathsapp:
“Amanecer tontón. Nada que no se arregle con unos abrazos de perro, unos bailoteos matutinos con Alaska y la motivación de seguir ganando palabras en vez de euros.
El dinero tiene todo el poder del mundo, menos el de conmover y sensibilizar. Ése solo lo tienen las palabras que, dichas, también pueden herir. Pero, plasmadas por escrito, con un trabajo previo de análisis, documentación e introspección y dictadas por el corazón pueden tener mucha más fuerza que cantidades millonarias de dinero y que los sermones (“discurso cristiano u oración evangélica que predica el sacerdote ante los fieles para la enseñanza de la buena doctrina”. Doctrina: “enseñanza que se da para instrucción de algo”. Instrucción: “conjunto de reglas o advertencias para algún fin. Reglamento en que predominan las disposiciones técnicas o explicativas para el cumplimiento de un servicio administrativo. Conjunto de enseñanzas, prácticas, etc., para el adiestramiento del soldado”. Adiestrar: “Amaestrar, domar a un animal. Guiar, encaminar, ESPECIALMENTE A UN CIEGO”).

No quiero caer en la prepotencia de quien se cree dueño de la absoluta y única verdad. Quiero ser libre. Quiero ser igual. Quiero casarme. Y quiero que mi “unión” sea un matrimonio porque es lo mismo: dos personas que se quieren y deciden registrarse (civilmente, no lo olvidemos) como pareja por motivos afectivos, personales, económicos; libre y constitucionalmente.
Y al sabelotodo (“que presume de sabio sin serlo”) prepotente y a su sarcástica e insultante risita al escucharme decir la palabra “marido” al referirme al marido de un amigo, solo decirle que se informe bien antes de hablar sentando cátedra.
Quiero que mis sobrinos no me miren como al “tío raro” a partir de cumplir cierta edad. Quiero que me sigan mirando con la descontaminada inocencia de un niño que ve el mundo tal y como es. Que, en principio, si nadie le dice lo contrario, no tiene ni que escandalizarse ni que discriminar o distinguir a nadie por raza, género, religión o tendencia sexual.
Quiero sensibilizar (no adiestrar) con la palabra. Quiero ser tolerante, pero asertivo. Quiero respetar y reivindicar. Quiero profundizar en el conocimiento de Cristo, de Franco, de Miguel Hernández y de tantos/as otros/as que han contribuido a nuestro bagaje sociocultural. Quiero hacer mi propia propuesta, en forma de cuentos, para niños y adultos. Proponer (no imponer) una educación en valores (¿alternativa? ¿diferente?). Crear un “material pedagógico” (pedagógico: “se dice de lo expuesto con claridad que sirve para educar o enseñar”), no tanto “didáctico” (“propio, adecuado para enseñar o instruir”).
Ahora más que nunca siento que, desgraciadamente, siguen siendo necesarios actos como los de este fin de semana. Participaré en la carrera de tacones y en el concurso de lanzamiento de bolsos mientras que parte de mi familia acude a la manifestación “a favor de la Familia Tradicional”, mete a sus hijos en un colegio de monjas para empezar a adiestrarlos. Y usan el tabú (“condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”). Más aún que la discriminación o la distinción. La invisibilidad.
"Activismo gay: la radical gai"
Javi Larrauri. 2009.

Lo siento, pero existo. Al final nací. Aunque nadie me esperara aquí estoy y voy a hacerme notar por primera vez en mi vida.
Y por eso lo digo sin reparos, en público (visibilidad: “cualidad de visible”. Visible: “tan cierto y evidente que no admite duda”), orgulloso y feliz. Voy a seguir trabajando en mi proyecto”.

Retales de mi Diario de Pensamientos. 19 de Junio de 2013.

19 de junio de 2013.

Supongo que el alprazolam, además del efecto ansiolítico, debe tener no pocas dosis de serotonina y demás sustancias que se deben segregar en el cerebro para mantener un correcto estado de bienestar anímico. Supongo que, con todo el dolor de mi corazón y el horror de asumir que somos pura química, he de rendirme ante la evidencia de que, como tales, somos moldeables y manipulables por los diagnósticos médicos, psiquiátrico y sus aliados fármacos.
Qué angustia de foto... Es un Arcimboldo versión psicofármacos.

Antes de anoche, pasé una larga velada de insomnio, rumiar mental, inseguridades, mierdas removidas y culpabilidades actualizadas. El día de ayer, consecuentemente, regular: ánimo en montaña rusa, a ratos arriba y empicado abajo otros.

Y encima me tocaba afrontar una entrevista de trabajo. La primera desde que me busqué (con motivos coherentes o sin ellos) estar en el paro. Yendo, además, recomendado (antes, me negaba en una rotunda cabezonería de orgullo a aceptar “enchufe alguno, hoy día no tendría ningún reparo en morir electrocutado si hiciera falta); para un puesto que según la filosofía de “puedo con todo, querer es poder y solo puedes saber si eres o no capaz de algo si lo intentas” podría desempeñar mejor que peor, y según amaneciera en la rutina diaria de trabajo mi inventiva y mi capacidad de improvisación (y de animación literal –tercera acepción de la RAE: concurso de gente en una fiesta, regocijo o esparcimiento–). Y con la formación más que necesaria, aunque quizá no toda la experiencia en el sector concreto que debería. Aprovecho para hacer una reivindicación: señores/as, tengo 32 años y salvo ocho meses que borraría de mi vida (no me voy a escudar en ningún informe médico), no suelo dedicarme a rascarme las pelotas pero los días solo tienen 24 horas y a veces no dan de sí todo lo que nos gustaría que dieran). Pero también, claro, con la que es mi gran carencia: los idiomas. Chapurreo de inglés e italiano. Alemán ni por asomo. Y ruso… ¿ruso? Dios mío, ¿ruso?

Ya digo, como la pobre Miss Melilla 2001 me sentí ante mi particular embajadora de Rusia (la de Recursos Humanos), pobre mía, que después de todo fue compasiva y simpática conmigo. Aunque eso sí, me remató con un incisivo y protocolario “tenemos perfiles más especializados que el tuyo; si acaso –¡zas! ¡en toda la boca!–, ya te llamaríamos entre hoy y mañana.
Pobrecica mía... Ahora entiendo el mal ratito que tuvo que pasar.

Me fui de allí sabiendo perfectamente que mi móvil no iba a recibir esa llamada. Ni ayer ni hoy. Ya está confirmado, no es solo mal augurio mío.
Pero prometí no venirme abajo y aunque a punto estuve de no cumplir mi palabra, al final no lo hice.
 Con la dicotomía de siempre pero inclinando la balanza positivamente.
“Total, las condiciones no eran tan buenas” Versus “¿Te vas a poner sibarita hoy día, con el panorama que tenemos, que la gente mata por un trabajo?”.

“En el fondo es que tengo un currículum y una valía tan brutales que no me cogen por temor a que sea un potencial sindicalista porculero por haber preguntado por horarios y descansos” Versus “El trabajo en España hoy día no se entiende como una simbiosis mutua entre empresario/administración y trabajador/funcionario (que nadie se ofenda por la distinción pero, habiendo desempeñando ambas funciones, puedo asegurar que son dos cosas distintas, ni la una tan sacrificada como a veces se pinta ni la otra tan maravillosa como se suele –solía– pensar, pero distintas) sino como la mendicidad desesperada de quien tiene que pagar una hipoteca y alimentar unos hijos y se somete acatando lo que tenga que acatar a la empresa/administración”.

“No eres un inútil, sino un artista incomprendido” Versus “Imbécil prepotente que vas de alternativo y en el fondo quieres lo que todos queremos, por muy hippie que te creas: esa polisémica palabra denominada estabilidad. Y que ya tienes más edad de la que a veces te crees y los “pibonazos/as” (en la RAE no viene no con uve ni con be) con los que competías tienen una imagen mucho más moderna”.

Vamos, día movidito (física y mentalmente), habiendo dormido poco y mal, descomposición estomacal y consiguiente escozor anal (que ya podría ser por otro motivo). Porque también me propuse derribar jerarquías y escalar impenetrables e irracionales muros de poder absurdo para conseguir que me atendiera la Diosa (Directora, supongo) de la Biblioteca Provincial de Cádiz, a cuenta de mi “reclamación” para que no me sancionaran por unas devoluciones pasadas de fecha. En la web no anunciaban que empezaban ya con el horario de verano (vergonzoso que una biblioteca pública provincial cierre por las tardes antes de que los niños/as terminen el cole) y el teléfono o no lo cogen nunca o comunica todo el tiempo. Tuve que irme cargado como una mula (vivo en la otra punta de Cádiz) con tropecientos libros (soy un “agonías” y había sacado con los carnets de mis sobris, mi hermana, mi madre y el mío) para llegar a las seis de la tarde, chorreando en sudor, para que mis peores sospechas se confirmaran. Portón de entrada cerrado a cal y canto, con un veraniego y refrescante cartelito que decía que justo ese día ya se dejaba de abrir por las tardes.

Sí, soy cada vez más coñazo (“persona o cosa latosa, insoportable”, la definición de la RAE me da la razón en pensar que es un término de lo más machista, porque aunque “pollazo” no la recoge, todos sabemos perfectamente lo que significa, curioso porque se podría definir con la segunda acepción que recoge de coñazo: “golpe fuerte”); pero quiero alegar que antes era demasiado discreto y me pasaba con querer pasar desapercibido al máximo para no molestar a nadie. Extremista como soy, a lo mejor ahora peco del otro extremo: reivindico más de la cuenta y a veces no mantengo las formas (bueno, no, educado sigo siendo; algo descarado quizá).

Hablé con conserjes, auxiliares, técnicos, informáticos y archivera hasta que me permitieron -tras una larga espera, interminables llamadas y muchas escaleras– acceder al despacho-marquesado de la Máxima Eminencia Bibliotecaria de Cádiz, con unas envidiables vistas al puerto dicho sea de paso. Resultó ser una persona, humana y madrileña, y hasta con ciertos rasgos de sencillez. Aunque no lo suficientemente humilde como para reconocerme que la web de la biblioteca no la actualizan desde tiempos inmemoriales y que el horario está más pensado para funcionarios que para usuarios/as de un servicio público. Ni demasiado perspicaz como para percibir el cierto sarcasmo de mi comentario al hablarle de las maravillosas vistas de su despacho y que debía de ser un gustazo ir a trabajar allí todos los días.

A veces me surgen dudas tan chorras como la de si lo público responde más a intereses públicos o privados. En su momento, yo fui el primero que luchó por tener un horario “digno” cuando trabajaba en la biblioteca, aparte de para poder tener una vida personal (aunque no estuviera casado ni tuviera hijos, motivos por los que mi jefa, por cierto, pensaba que qué otra cosa tendría yo que hacer en vez de trabajar y que achacaba al simple chinchar de un niñato extranjero, desviado e insolente que pretendía atentar contra su decimonónica autoridad), también porque realmente el horario no se ajustaba a la demanda de los/as usuarios/as (para los/as opositores/as se quedaba corto sobre todo por la mañana; y para los/as chavales/as el horario de tarde empezaba demasiado pronto y preferirían que se abriera más tarde para que se cerrara después). Existía una posibilidad viable de ponernos turnos intensivos y rotativos, pero implicaban primero que las cosas dejaran de hacerse como se habían hecho siempre desde hacía más de veinte años y, segundo, que se resquebrajara el privilegio (para ella justo y necesario, pero ilegal según lo firmado en sus condiciones laborales) de una autoridad superior a nuestro rango inferior. Para mí, y mis compañeros, en cambio todos podríamos haber salido beneficiados de tener tardes y mañanas libres para la vida privada que, querida exjefa, también se tiene cuando se es soltero, marica y no se tienen hijos.

La conclusión de mi encentro con Diosa de la Biblioteca fue que aunque en realidad sí que me correspondía sanción (y a mi familia, pobres incondicionales arrastrados a la condena por mi informalidad) porque era más de un día lo que me había retrasado en la devolución, de repente, sin más, me la había quitado (¿perdonado?) de toso los carnets bloqueados.

En fin… Tampoco iba a discutir más porque además se me echaba el tiempo encima para ir a la fatídica entrevista. Al fin y al cabo había conseguido solucionar lo que más me preocupaba: haber privado a mis sobrinos de poder sacar libros de la biblioteca (¡sí! ¡lo hacen! ¡aún queda alguna esperanza!), sobre todo la niña, aunque yo mismo a veces preferiría que estuviera haciendo el cafre con los hermano antes que pasarse tanto tiempo aislada en sus lecturas.

Mi moral encrucijada (si es que esas dos palabras se pueden poner juntas) contra la incompetencia laboral y el terminar acomodándose en unas “condiciones estables” (yo también lo hice, y en solo dos años), holgazaneando y escaqueándose con maestría (aquí, en Cádiz, muchos/as lo llaman picaresca, y tampoco va tan desencaminada la cosa porque mi amiga la RAE define “pícaro” como “bajo y ruin” pero también como “astuto”), se quedó en agua de borrajas. To be continued

El caso, que al final siempre termino enrollándome más de la cuenta, que no sé si el bienestar, buen rollo y energías positivas con que he amanecido hoy tiene más que ver con el alprazolam de anoche o son el fruto del trabajo psicológico que intento hacer diariamente.


Tampoco voy a darle más vueltas. Voy a aprovechar que hoy me siento más orgulloso free lance que resentido y culpable parado.
¡A trabajar! ¡O a lo que sea!
 Free lance: “quien trabaja independientemente en trabajos escritos o gráficos o en otras actividades”, definición que en mi no tan amiga RAE aparece propuesta para ser suprimida… ¡nooo! ¿por qué? Enmiéndenla o amplíenla, eminencias lingüísticas, pero, por favor, desde aquí les pido que no supriman el adjetivo con el que me consuelo creyendo que trabajo.

Retales de mi Diario de Pensamientos. 17 de Junio de 2013.

17 de junio 2013.

Me enerva la sangre que los futbolistas, por poner uno de los ejemplos más llamativos por ser de escandaloso consentimiento público (otro día hablaré de los políticos, que honestamente pienso –aún a riesgo de que parados, desahuciados, anarquistas y homosexuales, entre otros, quieran lapidarme– que aunque desorbitados sus sueldos y desproporcionados sus privilegios laborales creo que, al menos en la teoría, cumplen una función necesaria para que el país funcione, aunque ahora más parezca que su especialidad es hundirlo del todo), cobren lo que cobran.
Bueno, a este no hay por dónde cogerlo de ninguna de las maneras...

No me vale el argumento de que les paga una empresa privada y que es un espectáculo (no digo ya deporte) que moviliza auténticas masas. En los circos romanos los gladiadores luchaban contra leones en vivo y en directo. Ý también era un evento multitudinario.

Tampoco me vale que de él se benefician, directa o indirectamente, más o menos relacionadas en su estela de farándula, muchas personas y que gracias a él comen muchas bocas. Es como la cadena del comercio justo. Me indigna la injusta desproporción entre unos eslabones y otros.

No propongo prohibir el fútbol ni aniquilar a los futbolistas. No tengo nada en contra de ellos. Solo de sus desorbitados y vergonzosos sueldos millonarios (sin nombrar los “sobresueldos” que se sacan con campañas publicitarias, posando como imagen de una marca y bla bla bla). Especialmente en un momento de “ajustarse el cinturón” donde todos estamos siendo “recortados”.
En todo caso, a más de uno, y mira que le tengo coraje al Ronaldo este,
yo les pagaba por quitarse la ropa. Mierda de sociedad superficial y materialista
que al final a todos nos hace cegarnos ante los cuerpos de estos chulazos.

¿Son estrictamente necesarias esas astronómicas cifras? ¿pasaría algo si en lugar de tres mansiones en Miami, un ático en Nueva York, una casa en su ciudad natal, dos ferraris para los fines de semana y otros cinco cochazos para cada día de la semana; tuvieran lo mismo que todo “hijo de vecino”? ¿No podrían comer, vestirse, “dar” una “vida digna” a sus familiares cobrando una cantidad más razonable y equitativa?

Igual digo una gilipollez, pero a un ignorante como yo que no entiendo ni jota (ni ganas) de economía solo se le ocurre preguntar. ¿No se les podría pagar menos, y que el resto se repartiera a partidas de I+D, investigación científica, sanidad…?

De nuevo, pecando de ignorante, me planteo que si todo ese dinero se paga es porque lo hay, porque se genera, ¿no? ¿De dónde sale? ¿por qué una repartición tan desigual? ¿Por qué nos tiramos a las taquillas de los estadios de fútbol para pagar lo que no tenemos, nos abonamos al canal plus (qué anticuado estoy) y nos vamos a un bar a tomar una (o las que se tercien) cerveza para disfrutar como merece del “partido del siglo”? Siempre me llamó la atención esa expresión porque partidazos de esos los hay cinco o seis veces cada año. Lo siento pero no me salen las cuentas. Ya digo que las matemáticas no son lo mío.
Como diría Mou, para hacer una paráfrasis acorde (buscad en youtube “Balada de Mou”), ¿Por qué?

¿Por qué no empleamos esa misma afición, esa devoción y esa pasión tan sentida que hasta somos capaces de terminar a palos por “defender” a nuestro equipo para rebelarnos ante barbaridades tan clamorosas como las que estamos consintiendo hoy día en nuestro país?

¿Por qué solo nos llevamos las manos a la cabeza –ojo, que yo también me las llevo, y no digo que haya que dejar de llevárselas– cuando salen a la luz los sueldos de los políticos y no los de los futbolistas?

¿Por qué?

Hoy he presentado en un Instituto de Educación Secundaria mi propuesta de talleres de ocio productivo para verano y, en un momento dado, hablando de la evolución de la figura del escriba a lo largo de la historia, al plantearle a los revolucionados y hormonales chavales si les parecía justo que un escritor, un maestro o un médico, por ejemplo, cobraran mucho menos que un futbolista; tras escuchar con pavor su tajante respuesta , he tenido que controlar las ganas de cortarme las venas allí mismo. 

Esos/as adolescentes son el futuro. Y no tienen la más mínima duda en pensar que claro que está bien, que es “normal” que el futbolista cobre lo que cobre porque hace deporte y no engorda (ha habido respuestas para todos los gustos) y porque moviliza a mucha más gente que cualquier otra cosa (cito literalmente, eso se lo han debido escuchar a un adulto). Y, por supuesto, que ver un partido de fútbol es mucho más divertido que ir a clase (discrepo, y no por repelente sino porque no termino de verle la gracia a una panda de tiarrones corriendo detrás de una pelota).

martes, 23 de julio de 2013

¿Qué haría "un escritor" sin sus palabras?

"¿Qué haría un escritor sin sus palabras?

Tienes un don, el don de expresar con la escritura. Con tu forma de ser, tan detallista, meticuloso, metódico y minucioso diseccionas los sentimientos y tienes la facultad de buscar la palabra exacta para cada cosa. 
¡Te quiero mucho bonito!"


Todavía me aferro a esa idealizada descripción de mí que me regalaste para presentar mi merienda compartida.
I love you.




Retales de mi Diario de Pensamientos. 22 de Mayo de 2013.


22 de Mayo de 2013.

Anoche estuve viendo "MasterChef" con mi madre. Hacía tiempo que no compartíamos el momento sofá al final del día, bien porque yo me metía en mi cuarto a leer o a ver algo en el ordenador, bien porque ella se acostaba pronto (la sobrehumana vitalidad y energía que derrocha durante el día se humaniza a partir de las 9 de la noche, donde se vislumbran hasta atisbos de mundano cansancio) o yo llegaba más tarde que ella o bien porque no terminamos de encajar nuestros gustos televisivos (en el fondo, sé que si me pusiera al día con la trama de "Gran Reserva", "Águila Roja" o incluso de "Amar en tiempos revueltos" estaría tanto o más enganchado que ella, realmente nuestros gustos no distan tanto).

Antes de que cayera en ese genuino estado de semiinconsciencia en el que entra cuando se sienta en el sillón, encendí la tele yo y puse "El intermedio". La mierda de especie de lumbago este que tengo no se me termina de quitar y por la noche mi marchito cuerpo solo acepta la posición horizontal del sofá.

Antes de que empezara a no contestar a mis comentarios, a no saberse si está con los ojos cerrados o abiertos, aparentemente dormida pero sorprendentemente despierta para decirte que no le cambies de canal que lo estaba viendo (en su quinto sueño, imagino) si se te ocurre coger el mando y amenazar con el amago de zapping. Cuando todavía estaba en reconocible estado de vigilia, en ése momento, ahí, estuvimos viendo "El intermedio".

Polemizaban sobre el vergonzoso derroche que supuso en el 2002 costear la boda de la niña del por entonces bigotudo presidente del Gobierno. Un aberrante presupuesto que encima pagamos en buena parte todos/as los/as españolitos/as. Sin siquiera ser invitados a la dichosa boda, casi que tuvimos que hacerle el regalo de si hubiéramos ido, manda huevos. Si ya digo yo que cada día estoy más hasta los cojones de las bodas ajenas (más porque la propia no llegará y no amortizaré nunca).


Mucho más favorecida la versión click, dónde va a parar...

Y, después, peliagudo tema sobre la actual propuesta de Reforma Educativa, donde la nota de la asignatura de Religión contará como media para la calificación global del alumnado (algo que, si no entendí mal, no pasaba desde los años 70, con razón Aguirre habla en tono despectivo de "los progres", hija mía, es que vosotros sois pelín arcaicos).

El Wyoming, su séquito y su claro posicionamiento ideológico no desaprovecharon la oportunidad para poner a caldo a la Iglesia y a sus élites mandatarias.

Momento tensión latente entre mi madre y yo. Ella viendo y escuchando las blasfemias desde su sillón, y yo desde el mío. Su generación, y la mía reunidas en el mismo salón.

Sin embargo, y en contra de lo previsible, ella tampoco parecía estar del todo de acuerdo con la propuesta de Reforma Educativa (supongo que con unos matices diferentes a los que yo argumentaría, pero bueno, el caso es que la situación se distendió, ella es más modenna de lo que creo y yo menos "liberal" de lo que abandero).

Y luego ya, neutrales y atontados por la hipnosis de todo reality televisivo, pasamos a reirnos de la chuminosa Maribel y de sus ridículos llantos frente al jurado cuando tiene que presentarles su plato terminado, de la sobreactuada prepotencia de Cerezo y de los churros crudos y sangrientos que simulaban el Solomillo Wellington que debían presentar los/as concursantes.


Por cierto, mensaje para los estilistas de Eva González: maricones, a ver si sacáis más provecho de la muchacha con lo guapa que es. Y a ti, Eva, reina mora (como diría mi "difunto", y de verdad que hay más de cariño que de acritud, vivo la fase superación del Duelo, y recuerdo los buenos momentos sobre los de traición y reproche; y es que el joío tenía un fantástico sentido del humor y unas expresiones geniales), no intentes hablar fisno que lo que consigues es emitir un falso deje andaluz en lugar de un bonito y propio acento (presentado la Copla en Canal Sur estás mucho más natural).

Creo que a partir de hoy empezaré a pasar las noches en el salón con mi madre aunque esté viendo en la tele algo que no me guste. No descarto del todo terminar dejando encima de la mesa el libro que esté leyendo (porque además ahora estoy empapándome de cuentos infantiles, que tampoco requieren de mucha concentración)para abducirme por los entresijos de traiciones familiares que es esa especie de Falcon Crest a la española que parece ser el "Gran Reserva" ése.


Dejar de querer.


Igual es algo ñoño, sensiblería barata y de lágrima fácil.
Cóctel que siempre funciona conmigo. 
A veces creo dar una falsa imagen de cultureta pedante y hasta prepotente, pero no es más que fachada.
Soy un ignorante gilipollas y llorica.
Veo en "Tú sí que vales" a un hombre mayor, entrañable por presentarse a un "programa de talentos a su edad", recitando unos versos cursilones con voz de Bucay narrando sus cuentos (que, por lo visto, no valen y son un descarado plagio, con lo que a mí me encantaban) e inmediatamente, con los ojos vidriosos, me voy al ordenador a buscarlo en youtube.
Y hoy, no sé por qué, para inaugurar este blog, me ha venido a la cabeza este video.
Esas palabras...
 "Se deja de querer" "...abrir la mano y encontrarla vacía..."
Qué tontería, ¿no?
Ya hace más de un año (mucho más seguramente) que dejó de quererme y ya no lloro por las esquinas y hasta me creo ser un hombre nuevo, crecido y resucitado, pero sé perfectamente que si volviera a verle mi ilusoria reconstrucción se derrumbaría.
Tiempo.
Más tiempo.
Y ahora vivo el otro lado, el oscuro, y tengo la oportunidad de acercarme a la sensación a la que en su momento no se me dio la oportunidad de hacerlo. La de quien deja de querer.
Duele dejar de ser querido, pero también es jodido dejar de querer.
Supongo.
Nunca he dado tiempo a que eso me llegara a pasar, cortaba de raíz ante el menor atisbo de sospecha.
No me creo más que nadie, ni pretendo juzgar a nadie, como pido que no se me juzgue a mí, pero honesto sí. Pedante y cultureta no, pero honesto creo que lo soy un rato.
Y a veces hasta más sincero de la cuenta. Por eso tengo que reconocer que, a pesar de los pesares, a pesar del tiempo, la distancia, la invisibilidad, la traición, el dolor y hasta a pesar de darme cuenta que soy más feliz (más tranquilo) ahora; le sigo echando en falta.
Qué tontería, ¿no?
Gilipollas, lo que decía.
Y de prepotente nada. Soy tan básico que sigo sin entender porqué no se deja de querer a un familiar o a un amigo si no hay una causa de mucho peso de por medio, y sí se puede dejar de querer a alguien de quien has estado enamorado sin que pase nada. Nada más que el tiempo, la rutina y los obstáculos a sortear. Ni más ni menos que lo que pasa en cualquier otro tipo de relación que no sea la afectivo-sexual.
Química incontrolable y puñetera, que tal como viene se va...

"Se deja de querer
(José Ángel Buesa.
Películas y música: gettyimages.
Idea, voz y producción: Rafael Turia).

Se deja de querer
y no se sabe por qué se deja de querer.
Es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.
Se deja de querer
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed.
Como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer
y es como el ciego que aún dice adiós llorando después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya solo sabe que regresó por él.
Se deja de querer
como quien deja de andar por una calle
sin razón
sin saber.
Y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que, al recogerlo, se evapore también.
Se deja de querer
y es como un viaje detenido en la sombra
sin seguir ni volver.
Y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.
Se deja de querer
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel
o escribir en la arena
la fecha de mañana y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer.
Y es como la sortija que se quitó del dedo
y solo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer
y no se sabe por qué se deja de querer".

Cómo cuesta entender que se deja de querer y punto, cojones.