miércoles, 16 de octubre de 2013

Tediosamente loco por ti...


Cause for the world , you are someone
but for someone you are the world...

Déjame escribirte para inmortalizarte con mis letras.
Déjame besarte hoy, sin mañanas ni ayeres, para atesorar el recuerdo el resto de mis días.
Junto a tus momentos esporádicos y mágicos.
Efímeros como tú.
Como yo.
Como la vida.
Déjate.
Baja la guardia y que pueda tocarte,
erizar tu piel con la mía.
Déjame escribirte tu personaje ideal, 
inventar una ficción y alimentar mi ilusión.
Escribirte, leerte, besarte y tocarte cada recoveco.
Rehacerme en ti para volver en mí.
Te quiero desde hace tanto que ya no tiene sentido más que la rendición.
Si sientes lo más mínimo por mí,
por favor,
déjame entrar.

Da igual el tiempo,

sólo déjame.

lunes, 14 de octubre de 2013

Raúl y Vero.

Enhorabuena por vuestra sincronía,
¡que tengáis un felicísimo y larguísimo viaje juntos!

Os quiero.



"Palabras-semillas" a regar con mimo y esmero todos los días de vuestro matrimonio entre los dos:
ALEGRÍA
PROTECCIÓN
FUTURO
AVENTURA
ILUSIÓN
AMOR
BELLEZA
MARIPOSAS
SEXO
AMISTAD
SUEÑOS
DISCUSIONES
RECONCILIACIONES
COMPROMISO
BESOS
CARIÑO
CARICIAS
FELICIDAD
SEGURIDAD
COMPLICIDAD
ABRAZOS
UNIÓN
ROMANTICISMO
CONFIANZA
ALMA

miércoles, 9 de octubre de 2013

Feliz cumpleaños. Infeliz hoy.



Madre mía, qué pregunta más letal se me ha planteado el día previo a mi 33 cumpleaños.

¿Quién eres?

Un puto parado maniático, obsesivo, solitario y patético mantenido por su madre. Un gilipollas que juega a estresarse por creer que no tiene tiempo de hacer las cosas que se ha inventado que tiene que hacer cada día que se levanta.
Que, para no olvidarlas, y para no volver a sentir que su vida no sirve para nada, que no aporta nada a nadie ni a sí mismo, se compró una pizarra en los chinos y una agenda en la papelería que rellena semanalmente -la primera- y a diario la segunda para autoconvencerse de que está muy ocupado.

¿Qué eres?

Un alma triste disfrazada de optimismo. Un indestructible sentimiento de fracaso escondido con una nueva coraza de cachondo que se toma la vida a guasa. Un enamorado con el corazón roto. Un eterno infeliz.

Más letal todavía la proposición para esta noche, antes de acostarme, antes de que las manecillas del reloj marquen las doce y, oficialmente, ya sea mi cumpleaños. Dedicarle cinco minutos, solo cinco minutos a dar respuesta a esas dos preguntas. A tocarme, a mirarme por dentro y por fuera.

Me respondo y me vuelven las tendencias suicidas.
Me acaricio y me pica, solo puedo rascarme.
Me miro en el espejo y claro que conozco ese reflejo, cada milímetro de piel cada día más fláccida, cada componente de unas hechuras cada vez más chepuda, desproporcionadas y menos atractivas. 
Miro por dentro y el vacío me da tanto vértigo que me acojono y cierro los ojos de nuevo.

No quiero preguntarme. No quiero responderme. Ni tocarme ni hacer ningún ejercicio de introspección.

Ya lo hice. Y le dediqué no cinco minutos, sino noches y días enteros. Y me volví loco. Y me quise morir.

"Hay quien todos los días madruga para joder a los demás".

Qué horror. Yo he llegado a tal punto que madrugo más que mi madre, encargada de abrir las calles desde que tengo uso de razón.
Pero no con la pretensión de joder a nadie. Ni siquiera a mí mismo.
Todo lo contrario. Con la única intención de limpiarme la conciencia y creerme que hago algo productivo, que mis días sirven para algo. Que hago tantas cosas que se me terminan escapando de las manos sin haber podido dedicar esos cinco minutos a "pararme".

Si me paro, enloquezco.

Sí, ya he tomado consciencia de ser víctima de la vorágine del mundo actual, la sociedad manejada por los principios capitalistas y vigilada las 24 horas del día por el ojo del Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla.
Hoy no me creo lo de la sociedad manipuladora ni lo de la conspiración cósmica en mi contra.

Me aterra explicarme, entenderme, pensar qué quiero, cuánto hay de conseguido en los objetivos que todavía no he conseguido definir con claridad.

No fui. No quiero ser. 
Soy.

Supongo que ésa es la única conclusión clara y objetiva.
Lo que fui ayer ya no lo soy y lo que seré mañana nunca lo sabré porque para cuando lo haya sido ya será ayer y ya habré dejado de serlo. Y no tendrá sentido pensarlo porque el "seré" nadie lo tiene asegurado.

Riesgo de viraje, depresión aún no superada, duelo sentimental no asumido, crisis de los 33... Todo eso puede ser. ¿Por qué no? Vamos a ponerle nombres a las cosas.

No soy nada ni nadie. Soy.

Me levanto como un terremoto hiperactivo que se ve con energías suficientes de comerse el mundo. Planifico una intensa actividad diaria que sé que nunca voy a cumplir del todo.
Intencionadamente porque así, cuando el día acabe, sé que aún me quedará algo que hacer para el día siguiente.

Por si mañana vuelvo a ser.

Descanso drogado.
Entrenado desentrenamiento del ejercicio de introspección.
Por agotador, inútil y perjudicial.

Por las mañanas, me creo las voces antialarmistas y descabelladamente optimistas que dicen que la Crisis es, en realidad, una oportunidad para encontrarnos a nosotros mismos y descubrir nuestros talentos y tomar las riendas de nuestra propia vida.

Fui un visionario que dejó un "trabajo aburrido e insatisfactorio" de funcionario para buscar algo tan difuso y perdido como la felicidad. Y se encontró todavía más infelicidad.

Lo que fui es un verdadero gilipollas. Todo/a el que hoy día me habla de "emprendizaje", "autogestión del propio talento" están sin trabajo remunerado y ninguno "dejó" el que tenía. O lo/a largaron o se les terminó el contrato.
Todos/as los/as que me hablan de ser valiente y de no "aborregarse" tienen un respaldo económico y/o sentimental, una situación acomodada y asegurada. 
Me arrepiento pero, en el fondo, sé que si hubiera seguido allí seguiría siendo infeliz y me sentiría frustrado porque pensaría que podría estar haciendo "más" u "otra cosa mejor".

Por las noches, espero que los ansiolíticos me hagan efecto para pasar la madrugada de inactividad lo más desapercibido posible y recuperar las fuerzas físicas necesarias para afrontar otro día con talante (¿máscara?) optimista.

No dejo de soñar sabiendo que son solo sueños. Autoengaño.

Preparo una boda que no es la mía con todo lo que me gustaría que hubiera tenido la mía y nunca tendrá. 
A veces me creo el padre de unos niños que ni son ni nunca van a ser los hijos que no voy a tener.
Fantaseo imaginando a un "Él" para mí que no existe porque es un cabrón, porque pasa de mí o porque me quiere demasiado.

Hoy no quiero felices cumpleaños, ni tartas ni velas con forma de números. Hoy, a esta hora, ya no.

Quiero dormir.

Sé quién soy y lo que soy, por eso quiero dejar de serlo por unas horas. Y si mañana, vuelvo a ser, vuelta a empezar.

Y así un día tras otro.

Supongo que en eso consiste vivir.

Y si llego, me creeré que a los cien años todavía me queda mucho por hacer. Como mañana intentaré creerme otra vez que 33 son pocos años y que tampoco soy tan patético y agradeceré las felicitaciones cuando me vuelva a creer lo que ahora me resulta tan increíble.

Feliz no cumpleaños.

Parafraseando a Escarlata, ya lo pensaré mañana. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Trabajando la asertividad.

Como la RAE solo la recoge como adjetivo (encima con la única y simplificada acepción de "afirmativo/a"), he decidido hacer algo que cada vez estoy haciendo con más frecuencia: pasar de Ella y usar tranquilamente una palabra que para nuestros/as queridos/as y desactualizados/as lingüistas no existe.

Hoy voy a hablar de A-S-E-R-T-I-V-I-D-A-D. Sí, sustantivo con todas sus letritas.

Me quedo con la definición de la Wikipedia (¿el saber colectivo-popular sabe más que el academicista-institucionalizado?):

Como estrategia y estilo de comunicación, la asertividad se diferencia y se sitúa en un punto intermedio entre otras dos conductas polares: la agresividad y la pasividad (o no asertividad). Suele definirse como un comportamiento comunicacional en el cual la persona no agrede ni se somete a la voluntad de otras personas, sino que manifiesta sus convicciones y defiende sus derechos. Cabe mencionar que la asertividad es una conducta de las personas, un comportamiento. Es también una forma de expresión consciente, congruente, clara, directa y equilibrada, cuya finalidad es comunicar nuestras ideas y sentimientos o defender nuestros legítimos derechos sin la intención de herir o perjudicar, actuando desde un estado interior de autoconfianza, en lugar de la emocionalidad limitante típica de la ansiedad, la culpa o la rabia.











Perfecta explicación que expresa el mayor reto de mi vida: ser asertivo. Algo mucho más complicado de lo que pueda parecer así dicho. Las fronteras entre la discreción y la soberbia, la alienación y el liderazgo a veces se entrecruzan peligrosamente. Y más cuando siempre has sido de boquita cerrada porque corres el riesgo doblemente de que te entren moscas si la empiezas a abrir.



Definición mucho más cercana, además, a los dos ejemplos que me quiero referir: el vivido ayer y el de hoy. 

Si alguno/a de los/as profesores/as que tuve en el Ciclo de Animación Sociocultural me leen -especialmente Josan, Victoria y Begoña, docentes sublimes-, sabrán perfectamente a qué me estoy queriendo referir por todo el hincapié que nos hicieron en aprender, fomentar y desarrollar la virtud de la ASERTIVIDAD como el mejor de los estilos de comunicación (hay, por cierto, maravillosas dinámicas grupales e individuales para trabajarla).



Me hallo en la cola del nuevo Cashconverters que han abierto en Cádiz, esperando mi turno con la cabeza bien alta.

Primero porque mal de muchos consuelo de tontos, y yo muy listo no soy. Y que aquí está media ciudad metida, como yo, intentando que nos den algo por nuestros variopintos abalorios, dispuestos a cambiarlos por algún euro. Culturetas, chonis, parados, amas de casa, madres solteras, padres divorciados, jubilados y ese nuevo estamento social que ha creado la Crisis: los/as ex-ricos/as o nuevos/as pobres. O los pseudo-pobres, que hemos existido, y supongo que existiremos toda la vida (no nos morimos de hambre pero no tenemos ni para tomarnos un café de máquina de autoservicio y las únicas notificaciones que recibimos de los bancos son para decirnos que tenemos recibos pendientes de pago o, en el caso del Santander, Antonio lo sabe -permíteme tomarte prestada la genial historia- darle la vuelta a su eslogan y decirnos que ya NO quieren ser nuestro banco).

Todos/as a sacar tiestos viejos y sin demasiado valor para ver si los podemos empeñar y remendarnos el apuro con pan para hoy y hambre para mañana.

No exagero si digo que cada vez que paso por la puerta hay un mínimo de entre veinte y treinta personas esperando para que les den número y tasen sus pertenencias.

Y hoy que he venido yo no iba a ser menos. Por eso he cargado con mi libretita de pensamientos (de estreno, gracias Jose) y mi boli para no perder el tiempo (o perderlo en algo que para mí es productivo) y escribir alguna de mis pamplinas que tanto me entretienen.

En segundo lugar porque, después de un intenso fin de semana de limpieza a fondo en casa de mi madre, de esas que se hacen como mucho una vez al año, de esas en que se mueven hasta los muebles inamovibles y con las que se descubren más de un tesoro olvidado; he avanzado un paso hacia la superación de mi complejo de Diógenes (poco a poco, el de picha-corta, eyaculador precoz, soso, obsesivo, barrigudo-culiplano ("mal recortao", expresión de mi ex que me encanta), ansioso, impaciente, tremendista, impulsivo, gafe, maniático y demás lindezas que me describen las iré trabajando en futuras sesiones).

He hecho acopio de valor para deshacerme de todas aquellas cosas de "gran valor sentimental" (por ridículo que suene, juro que me he dado una desmesurada panzada de llorar, me voy a tener que volver a mirar "lo mío") y las he inclinado en la balanza de la posible rentabilidad económica que podía sacarles por venderlas en el dicho Cashconverters.

También por contentar a mi madre ("a ver si miramos todo lo que hay en los armarios para ver lo que sirve y lo que no", es su frase preferida, aunque ella preferiría entregarlas sin lucro alguno a la parroquia o a Madre Coraje) y por una cuestión de supervivencia espacial. 
O los tiestos o Dante y yo. Todos no cabemos ya en los pocos metros de la habitación, a pesar de las virguerías que hago casi a diario por tener "todo lo mío junto a mí en un mismo y único espacio para morir enterrado entre mis recuerdos en caso de hecatombe mundial" (Dios mío, o estoy como una cabra o pretendo competir con la capacidad de los diseñadores de IKEA de aprovechar al máximo los espacios más pequeños y tenerlo todo milimétricamente almacenado).

Mi habitación (la que tengo cedida en casa de mi madre) es parecida a esta, mucho menos diáfana y con las paredes muchísimo más recargadas, por mi compulsivo e incontrolable "horror vacui", herencia de mi memoria visual cuando me enseñaron esa expresión aplicable desde los sarcófagos egipcios.

Por otro lado, el marketing que me recibió a la entrada en forma de cartel me ha terminado de convencer de que estaba haciendo lo correcto.


No tengo ninguna certeza de que fuera verdad lo que imaginé, pero el día que salí de mi último (espero que siga siéndolo) ingreso psiquiátrico e inicié realmente la terapia y empecé de verdad a salir del pozo de mierda en el que estaba metido hasta las trancas yéndome a la playa con Dante y Hermes, en un desintoxicante baño de paseo, sal y arena, e hice el simbólico ritual recomendado por Flor -maravillosa enfermera de la USM de Cádiz- de tirar al mar mi "anillo de compromiso" a la puesta de sol para que con él se hundieran los malos recuerdos y el rencor y amaneciera el principio de mi nueva vida; pensé en qué habría hecho Él con el suyo y, como una revelación divina, espontánea y rápidamente, se me vino su imagen mental de estar empeñándolo en un Compro oro a los dos días de haberme dejado. Mientras que yo tardé más de un año en quitármelo del dedo y deshacerme de él. Fueron, por cierto, las últimas lágrimas derramadas de dolor hiriente. Después habría otras, pero menos y con otros matices.




No saqué un céntimo y creo que hasta contaminé el mar pero, en el fondo, no me arrepiento. Me gusta más pensar en el valor psicológico de su vuelo desde mi anular hasta el fondo del mar que en la birria de dinero que me hubieran dado por él. Y, qué coño, que da mucha más poesía al final tan feo que tuvo nuestra relación, reducida en la realidad al dinero pero que en mi todavía idealizada mentalidad incluye dosis de peliculero romanticismo sostenida tan solo en breves, puntuales y quizá hasta alucinógenos momentos. Mis tontos fetichismos y la libertad que todos tenemos de atesorar (sin que lleguen a lo putrefacto) los recuerdos que queramos, dónde y cómo queramos, seleccionándolos y adornándolos todo lo que nos dé la gana y sin anquilosarnos en ellos.

En fin, a lo que iba. Las experiencias relacionadas con la Asertividad.

La primera ayer por la mañana. 

Situación: siete y media de la mañana. Aunque todavía no ha salido el sol, sería difícil verlo porque el cielo augura permanecer encapotado todo el día.
Yo en la bici. Suave pedaleo. Dante corriendo a mi lado, con la correa enganchada al manillar.

Intento casi todas las mañanas cumplir esa rutina, ya que el resto del día lo saco lo imprescindible para el pipí, la caca y poco más porque suelo estar liado con "mis cosas" y no puedo dedicarle más tiempo. El mismo recorrido: desde el Burguer King del paseo marítimo hasta la venta El Chato, donde hacemos una paradita, me lo monto en la cesta de la bici y ya me lo llevo de vuelta a casa.

Pues bien, ayer, a la altura del módulo de Cortadura, un tiparraco con un labrador destartalado y tonelete me empieza a berrear que cómo se me ocurre llevar corriendo al perro, que si estoy loco, que si no me doy cuenta de que va con la lengua colgando. Ante lo que yo me bloqueo momentáneamente (pasivo) para luego soltarle, en su mismo tono de berrido desagradable y maleducado (agresivo) que quién es él para juzgar en cómo cuido o dejo de cuidar a mi perro y que está diciendo una tontería porque, lejos de estar haciéndole algo malo, le estoy haciendo bien, proporcionándole deporte diario. César Millán lo ha dicho toda la vida de Dios: las tres bases a darle a un perro para su sano crecimiento mental y físico es disciplina, cariño y deporte.

Y seguí mi camino, chillando barbaridades cada vez mayores mientras me iba alejando de las que él también seguía diciéndome.

Tomé conciencia de mi pasividad y agresividad y en un fallido intento de asertividad, decidí dar media vuelta y pararme a discutir con el hombre acusa-maltrataperros.

Digo fallido porque ni de coña lo conseguí. Ambos aumentamos la agresividad hasta tal punto que yo mentí vilmente diciendo que era veterinario y que sabía más del tema perros que él y él amenazó con denunciarme porque decía que era policía (creo que los dos mentimos o él, en todo caso, estaba jubilado; y lo mío era perdonable por haber estado un año cargando metadatos en el repositorio institucional de la UCO, en su mayoría artículos científicos sobre veterinaria y por haber vivido cinco años con un estudiante de Veterinaria que cuando empezó a ejercer como tal decidió que yo ya sobraba en su vida).
No llegamos a las manos de milagro.
Le dije que su perro tenía una clara obesidad y seguramente trastornos de ansiedad y estrés. Él me dijo que le daba pena ver cómo maltrataba al mío.

Mal. Muy mal. Horroroso ejemplo de asertividad. Perfecto de agresividad.

Evidentemente, sigo defendiendo a ultranza mi postura. Pero no mantuve las formas. No fui asertivo. Me violenté. Porque él empezó perdiendo los modales, vale, pero eso es parte del reto de ser asertivo.

Con lo feliz que es mi Dante y con lo amarquesado que lo tengo, que ya querría yo tenerme como dueño a mí si fuera perro. Madero frustrado (agresividad). 

Señor, le puedo asegurar que mantengo en perfectas condiciones todos los aspectos de la vida de mi perro, darle un deporte moderado es algo recomendable por cualquier especialista canino. Además, opino, con todos los respetos, que se está metiendo donde nadie le llama y prejuzgando sin base alguna (asertividad).

Su perro es un gordo y el mío está en perfecta forma (¿asertividad sarcástica?).

Tomé esta fotografía del labrador del hombre frustrado donde se percibe claramente su aire apesadumbrado y anhelante.

Y la otra historia: esta mañana en el INEM (por mucho que ahora lo quieran llamar SEPE o SAE, en Cádiz va a seguir siendo "er iné" toda la vida, como el Carrefour seguirá siendo el Pryca hasta el fin de los tiempos).

Lugar al que cada vez que voy salgo cabreado, frustrado y con ganar de partirle las piernas a alguien. Según quien te atienda, con qué ganas lo haga, el momento de la mañana en que le pilles recibes una u otra información (no hablo ya ni siquiera ni del mínimo trato de cortesía que se debe saber dar a cualquier usuario si se está en un trabajo cara al público, por muy de la función pública que sea).

Sin entrar en detalles, me habían dado cita para una "sección" que no "correspondía" a lo que yo había ido a hacer. Quien me atendía era de "renovaciones" y lo que yo quería era de "actualizaciones".

Inútil pérdida de tiempo porque encima la noche de antes estuve como un gilipollas más de una hora en casa desenterrando toda la "documentación" a "aportar" para mantener "actualizada" (no "renovada") mi situación como "demandante de empleo". No por una esperanza de que ni la Junta de Andalucía ni el Estado me den un trabajo; sino porque las estadísticas de tasas de paro de personas cualificadas y con menos de 35 años sea lo más fidedigna posible.

La diferencia, en este caso, fue que el funcionario que me atendió me tocó las pelotas también pero no en algo que tanta susceptibilidad me despierta como es que pongan en duda que no cuido bien a Dante ni de malas maneras. Estuvo correcto en todo momento (asertivo: me dijo que, efectivamente, me iba a ir con todos mis preciosos títulos y mis contratos de trabajo, vestigios de sudores y lágrimas, debajo del brazo tal y como habían venido y que había perdido el tiempo porque tendría que esperar -mínimo quince días- que el ente invisible que se encarga de actualizar las oficinas virtuales de la Administración "actualizara" la opción de pedir cita anticipada para "actualización" y no para "renovación", y prometo que no estoy haciendo un juego de palabras); por eso, a pesar de mi inevitable enfado, yo también fui educado y, de la forma adecuada y sin faltas de respeto ni elevar el tono, le expliqué mi malestar ante la falta de un criterio común entre los funcionarios de la misma oficina (fui asertivo).

Hasta nos pedimos disculpas mutuamente. Él en nombre del servicio porque empatizó conmigo como parado desesperado y harto de que le mareen la perdiz y yo con él como trabajador cuya cara es la inapropiada diana sobre la que lanzar las flechas de las quejas y las reivindicaciones porque, como el de las cuestiones informáticas, los legisladores de este país también parecen inexistentes, por invisibles e inaccesibles.

Lo dicho: a seguir persiguiendo mi reto vital (uno de ellos). A seguir trabajando la Asertividad (que, como toda habilidad social y personal, se puede trabajar).












jueves, 26 de septiembre de 2013

Ríos de lágrimas escritos en ríos de tinta.


"Caminante no hay camino, se hace camino al andar"
Antonio Machado.

Y así es. Se deshace, se vuelve a recorrer y se van abriendo otros caminos. Construidos con las ruinas de los pasados, con un horizonte desdibujado, prometedor y desconcertante.
Subconsciente agazapado en esta noche de duermevela que no me ha perdonado caer otra vez en la nostalgia. 
Tres días esquivando su nombre y sus recuerdos. Tarea que iba consiguiendo hasta estar compartiendo estos últimos días con quien tan presente estuvo en nuestros últimos meses de relación, nuestra "mariliendre" particular -compañera de juergas y confidente- rememorando, de forma inevitable, más de una vez, esos buenos momentos pasados, agarrados ahora en la pena. 
No podían dejar indiferente a mi hipersensibilidad, a mi acérrimo aferro al pasado. Mi superlativa e incongruente estupidez vuelve a hacer acto de presencia.
Mi hermano me ha dicho que es normal, que pasan años y las personas que formaron parte de nuestras vidas se nos vuelven a colar de vez en cuando en los sueños.
La intromisión de anoche fue extraña. Le odiaba a la vez que me moría por volver a rendirme a los pies de su cuerpo transformado en efebo por mis ojos hipermétropes. Me parecía un gilipollas integral a la vez que le seguía amando con todas mis fuerzas.
Superficial, vanidoso, materialista, con esa vestimenta de última moda, esa apariencia de cosmopolita moderna con cerebro de pueblerino retrógrado que deberían hacerlo repulsivo. Esa incipiente calvicie descaradamente disimulada con artificiales pelos plasticosos implantados por la cirugía capilar. Ese cuerpo machacado por el gimnasio y los esteroides pero aún con hechuras desproporcionadas, pero preciosas. Asquerosamente irresistible. Odiosamente atractivo.
No quiero desearle ningún mal. Ni ningún bien. No quiero desearle. Quiero que de verdad sea totalmente indiferente para mí. Si de verdad el sufrimiento que he pasado por "el duelo" es equiparable al que hubiera tenido por la pérdida de un ser querido, creo que ya está bien. Creo que ya sería más que hora de que dejara de afectarme lo más mínimo saber el menor dato sobre su vida.
Porque por poco que pregunte, por mucho que le diga a ella que aunque sepa de él no me cuente nada de lo importante, en el fondo, algo me carcome por dentro. A veces aún sigo queriendo tener el súperpoder de la omnipresencia y la invisibilidad y la capacidad de entrar en los cerebros ajenos para irme allá donde esté y meterme en el suyo sin que me vea ni sepa nada de mí, del patetismo de seguir pensando en él a veces. Para rebuscar y terminar hallando un poquito de nostalgia. De él hacia mí. Un poquito de arrepentimiento por haberme dejado, fugaz y diminuto, pero desolador de vez en cuando en una persona que sabe vivir el día a día como nadie y a quien pensar en lo pasado le parece una pérdida de tiempo. Un tío con la deshumanizada -a mi parecer- capacidad de pasar de página sin la menor complicación. De olvidar cinco años en dos semanas.
Mi gran fallo: intentar proyectar la personalidad propia en la de otra persona diametralmente distinta a mí por haberle querido con todas mis fuerzas. Alguien ni mejor ni peor que yo, no me canso de repetirlo, y, por si lee esto (soy consciente de la enorme difusión que puede tener todo lo publicado en internet, a pesar de las "políticas de privacidad" y los "bloqueos" de "contactos no deseados", y, de algún modo, reconozco que casi querría que me leyera, supongo que porque significaría que aún le importo algo), quiero que sepa que sigo pensando lo que le dije en su momento: que no le culpo por haberme dejado de querer, solo por lo mal que lo hizo conmigo, perdonable, en todo caso, por ser un paso difícil de dar, pero innegablemente cobarde por no haberle echado los huevos necesarios a tiempo.
Espero con ganas el día que ya no se me aparezca más en mis sueños pero, a la vez, paradójicamente, me da pena pensar que ya estoy casi olvidándole del todo.
Mientras, siendo cada vez menos las derramadas, más las contenidas y, previsiblemente, solo las esporádicas acompañadas de sonrisa como recuerdo de lo agradable; los ríos de lágrimas que me ha costado los seguiré convirtiendo en ríos de tinta, que no veas lo que desahoga.
Pero, sin duda, y lo que creo que nunca dejará de darme pena es sentir y haber comprobado, a pesar de todo el autoengaño y las falsas esperanzas de un regreso que nunca se va a producir, su pasmosa facilidad para tachar recuerdos...

...No me creo que no seas capaz de echarme de menos...


  
Ochenta veces, de María Rozalén.

Supongo que todos pecamos de cierto antropocentrismo, independientemente de tener la autoestima en más altos o bajos niveles, y nos jode profundamente haber pasado tan inadvertidos para quien, en cambio, tanto nos ha marcado.
De hay en la Viña del Señó.

martes, 24 de septiembre de 2013

Redescubriendo Cádiz y... ¿redescubriéndome a mí mismo?

La vida da muchas vueltas.
Nadie se muere por nadie.
Nadie merece tanto la pena como para eclipsarte o anularte.
Tú eres lo primero sobre todo y sobre todos. Anteponte siempre, aunque eso no quiera decir que tengas que pisotear ni dejarte el alma queriendo a quien bien te quiere.

Frases que estoy aprendiendo a poner en práctica después de años de autoabandono, de meses de autocastigo. Me empiezo a querer como no me he querido nunca. Ni, seguramente, como nadie (salvo mi adorable familia, a la que debo, literalmente, estar hoy aquí; y mis maravillosos amigos, por supuesto, incondicionales para los buenos y, sobre todo, los malos momentos) me ha querido nunca.

Reconfortante visita de una amiga que formó parte de ese "pasado doloroso" que, inevitablemente, en algún momento, me ha supuesto volver a pensar en el innombrable. Memoria asociativa. Recuerdos que se reactivan. Pero sentimientos que afloran de otra forma. Algo de la nostalgia y la pena quedan, pero más desde un inevitable -a la par que humano- rencor, pero no vengativo ni con deseos de desearle mal a nadie. Una pena por la decepción de haber creído tanto en algo y en alguien que tan poco lo merecía (no por ser mejor o peor persona, sino por no serla adecuada para mí). Cierta sensación de pérdida de tiempo por los años, esfuerzos, y, sobre todo, ilusiones invertidas en un proyecto que solo existía en mi cabeza y que se desvaneció de un día para otro. Y euros, odio tener que decirlo, pero la mayor parte del rencor que hoy día conservo es a cuenta -corriente, ni siquiera en números rojos, sino en cero total- de ese tema ahora que de verdad y, literalmente, empiezo a verme paupérrimo perdido, con la vergüenza, frustración y dolor que me provoca tener que volver a pedirle dinero a mi madre.

Pero estoy feliz. Como una lombriz. En serio. No es un tópico, ni un esfuerzo de autoconvencimiento. Veo la vida de otra manera. Pero no actúo de otra manera. Actúo como lo hacía hace más de cinco años. Cuando no estaba a la sombra de nadie, cuando no sobreactuaba por ser quien no era para contentar a quien creía que debía entregar mi vida incondicionalmente.

Esta amiga, gran amiga, genial persona, que también atraviesa un momento de crisis personal (entendida como cambio, doloroso, pero no traumático, y necesario porque la Nueva Era va a ser mucho más positiva -para tí, madre, estoy seguro, recuperarás tu ojo como recuperarás tu felicidad y yo también, qué coño, aunque, si te digo la verdad, tampoco me importaría pasar por el trámite previo de quedarme momentáneamente tuerto, jeje); me dijo ayer en la conversación de horas para ponernos al día y para desahogarnos que tuvimos, que me veía siendo el mismo, pero "de otra forma". Como más liberado, más "echao pálante".

Me encantó escucharle eso, porque aunque a veces me entra cierta paranoia de estar cayendo en mi diagnosticado "riesgo de viraje" por los antecedentes familiares, sé bien que no es así. Estoy feliz. Moderadamente feliz. No elevo tanto los pies del suelo como para no darme cuenta que no puede ser solo Carpe Diem y hala, al carajo todo.

No. Vivo consciente de los dos días que tenemos, pero también sabiendo que hay que prepararse cierto futuro. Moderadamente también. No enfocando más las acciones diarias en el mañana que en el hoy. No dándole más vueltas de las necesarias a cosas que, en realidad, son mucho más simples y básicas. Viviendo el hoy como si fuera el último día, pero cubriéndome las espaldas por si mañana hay otro día más. Y pasado. Y el otro.

Así que ahora estoy feliz pero con un cacao maravillao de magnitudes colosalmente estresantes en mi cabecita loca. Muchas opciones y una difícil decisión que tomar, con el agobio que siempre me supone eso. Más cuando la última que tomé fue tamaña metedura de pata por la que, aún a veces hoy, me sigo mortificando.

En fin, que me redescubro. "Re-" porque no descubro nada nuevo. Vuelvo al Javi enterrado durante años, a ese Javi que se ilusiona como un niño pequeño ante las cosas del mundo de las personas mayores, ese Javi que se siente compañía divertida y entretenida para sus allegados, ese Javi que entiende que tiene de sí más que para una sola persona; que tiene suficiente para todas aquellas que se lo merecen porque también le aportan cosas buenas. Ese Javi que tiene algo que dar al mundo.

Y a la par de este redescubrimiento personal, redescubro mi ciudad natal. Ésa que había tachado de pozo sin salida, de bandera del fracaso personal, de vida pueblerina y sin más opciones que la playa y el ocio improductivo. Cádiz es un paraíso, ahora no me cabe la menor duda. Sí, somos la capital europea del paro, hay cierta mentalidad de pueblerino cerrado; pero tenemos unas posibilidades inmensas.

Como capital histórica, como provincia que ofrece todo tipo de posibilidades en una superficie perfectamente asequible con viajes de una hora en coche, con buenas comunicaciones y opciones de ocio, culturales, sol y playa, gastronómicas, deportes de aventura, sierra, pueblos con encanto, rincones modernos y fashion, cosmopolita y con la paz de las ciudades o pueblos pequeños, sin los estreses de las grandes capitales...

Las próximas entradas de este blog (o igual creo otro nuevo, total, será por blogs) las voy a dedicar a esos redescubrimientos que voy haciendo (geográficos de Cádz capital y provincia me refiero, de los personales creo que ya está bien por un tiempo al menos).

Un adelanto...

Así pues, mi pizarra de tareas pendientes está así ahora mismo:


Y estas dos fotos son un adelanto de mis próximas entradas sobre ese Cádiz que hasta ahora estaba siendo inédito o, mejor dicho, estaba pasando inadvertido ante la venda que me tapaba los ojos:



Gracias Antonio, Toñi, Rosa y Mari Carmen.
Gracias Nadia y Luis.
Gracias MariNieves.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La prueba del polígrafo y el consumismo sueco.




            -¿Dónde estuvo Ud el viernes 13 de septiembre de 2013?
            -En Sevilla. Fui a llevar a mi madre. Y, de paso, para ver a dos amigas que viven allí. Además, era el cumpleaños de una de ellas y le llevaba un detallito (hecho con más amor que dinero y tirando de la competencia desleal de los chinos).
            -Y… ¿qué más?
            -Aproveché para entrevistarme con la presidenta de “DFrente Sevilla” y para entregar unos currículums en mano y en papel en las empresas de Telemárketing donde había trabajado hace años por si acaso había algo y para que me sirvieran para lo del Plan Prepara del INEM.
            -¿Y dónde más estuvo? ¿Qué comió?
            -Vale, vale, lo confieso… Me fui al IKEA…
            El polígrafo determina que dice la verdad, a medias.
            -Estaba en San Juan de Aznalfarache, cerca de Tomares y pensé que era buena ocasión, que podría aprovechar… Sí… y compré… y gasté…
            -A pesar de estar continuamente quejándose de no tener un duro, ¿no? Y hasta a pesar de estar mendigando para autopublicarse su novela, ¿no?
            -Sí… Lo siento –me entraron ganas de llorar.
            Aquel aparato pitaba de otra forma distinta a la de antes. Los conectores enrollados en mis dedos detectaban claramente el sudor y el tembleque de los nervios.
            El polígrafo de la verdad es más fiable de lo que me creía. Ahora entiendo a Belén Esteban.
            Tenía que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
            -Iba solamente a por una tabla de madera porque se me ha roto una del somier de mi diván-cama. Juro que lo intenté… Me prometí a mí mismo no comprar más que eso…
            El polígrafo dice que miente.
            -¡Es verdad!
            El polígrafo nunca se equivoca. No está diciendo toda la verdad.
            -Bueno, puede ser que una vez que aparqué el coche en el párking y empecé a subir las escaleras mecánicas del gran almacén de los muebles suecos de conglomerado, comida precocinada a base de heces de caballo y con infinidad de complementos domésticos con los que hasta el momento sobrevivías y ahora sientes que son imprescindibles, fuera cambiado de alguna manera mi mentalidad.
            Llevo diez euros encima y son ya las tres y media y todavía no he comido. Puedo aprovechar lo del hot dog por un euro, si sigue, y ya por lo menos engaño al estómago que de verdad que me estaba rugiendo, pensé.




            -¿Hubieras muerto de inanición si te hubieras esperado a llegar a casa de tu amiga que además había preparado un delicioso pollo al horno contando contigo? –preguntó, inmisericorde, Jorge Javier.
            -No… Claro que no…
            -¿No es cierto que acababa de desayunar hacía menos de dos horas y media un café y una tostada entera de jamón, tomate y aceite?
            -¡Sí! ¡Lo siento! ¡Lo confieso! ¡Gasté más de lo que debería! -terminé de derrumbarme.
            Los niveles de audiencia empezaron a crecer a la par que mi angustia y mi remordimiento.
            -Fueron los carteles, las luces, los colores, los bajos e irresistibles precios, las tentadoras gangas y el calculado itinerario que te obligan a seguir para llegar hasta la oficina de oportunidades y de atención al público… No me pude resistir… Estaba atolondrado, mi cabeza se nubló, se olvidó de pobreza y de la cruda realidad… Ya no era un solterón abandonado y parado, sin un duro y con un futuro laboral más negro que el carbón... Sentí estar entrando en un mágico cuento donde todo estaba conjuntadísimo y los colores bailaban alrededor de mi ánimo para pensar solo en positivo…
            -Además de la tabla de madera a por la que iba, ¿qué más compró? ¿cuánto de más gastó?
            Me moría de la vergüenza y de la culpabilidad, pero tenía que ser sincero.
            -Nueve euros y cincuenta céntimos… La tabla solo eran tres euros…
            El silencio reinó en el plató, el público agudizó oído y vista para centrarlos en mi penosa y diminuta persona.
            -¿Qué pasó con los otros seis euros y medio?
            No podía seguir ocultándolo. Rompí a narrar mi pecado. El orgullo y la dignidad dieron paso a la vergüenza cuando empezó la confesión:
            -Cuando fui a por el perrito caliente, un enorme cartel con una oferta que se me metió por los ojos (rollo de salmón noruego más refresco –a granel, todo el que quieras, estaba muerto de sed, llevaba todo el día dando vueltas por Sevilla–) me hizo pedir el pack en lugar del pan con salchicha.

             Dos euros y medio en vez de uno.
            Me limpié la conciencia ensuciándome el hígado y el estómago con burbujeante cola de tirador, toda la que pude beber, vasos y vasos para sentir que amortizaba lo invertido.
            -Con la tabla, son cinco euros y medio. ¿Qué hay de los otros cuatro?
            Lo peor aún estaba por ser contado.
            -La amabilísima chica que me atendió en la sección de Atención al Público y Oportunidades lo hizo de tal manera que compré dos tablas en vez de una. Siempre es mejor tener una extra de repuesto por si se vuelve a romper. Me hizo olvidar su papel de comercial seguramente a comisión o incentivos para caer en la red de su fachada de simpatía y empatía hacia mí.
            -Tres euros más. Ocho y medio. Queda uno…
            -Sí… Es verdad… –agaché la cabeza porque no podía seguir mirando al presentador–. Me gasté otro euro de más. No tendría que haberlo hecho. Porque luego encima también me quejo de estar echando barriga, pero… No pude resistirme… Había carteles por todas partes… Fueras donde fueras te topabas con una retocadísima y perfecta imagen de esas gominolas, dulces, de colores, apetecibles, baratísimas… Únicas, traídas de la misma Suecia. Una oportunidad que no podía desaprovechar… El párking era gratis, pensé que quizá me merecía algo dulce de postre…
            Soy una débil presa del consumismo. Aún sin un chavo en la tarjeta y con solo 10 euros en la cartera para acabar el mes, terminé malgastándolos. Porque encima lo peor ha sido que he caído en la trampa. Ikea me ha robado seis euros porque cuando he vuelto a casa encima he descubierto con pavor que la tabla no encajaba donde debía, era más larga y más ancha. Y mira que me aseguraron que era el mismo modelo.
            Me pueden devolver el dinero pero… claro… ¿Me compensa el gasto de gasolina para ir al Ikea más próximo por 6 euros? ¿Seré capaz de volver a ese antro de pecado consumista y no gastar más de lo previsto?
            En mi defensa, alegaré que también gasté por culpa de la Administración. Sí, ella y su Plan Pepara que obliga a que tengas que desplazarte físicamente a las empresas para conseguir la copia sellada de tu currículum entregado. Si encima la sede de alguna de esas empresas está próxima a un pecaminoso Ikea, la perdición de lujuria capitalista está asegurada.
            -¿Es cierto que al preguntar en las distintas plataformas de telemárketing donde entregaste el currículum sentiste una inconfesable tranquilidad cuando te decían que estaba todo cubierto y que de momento no había prevista ninguna nueva campaña para nuevas contrataciones, porque, en el fondo, te apetece tanto volver a trabajar de teleoperador como que te arranquen las uñas de los pies con unos alicates?
            El polígrafo dice que miente.
            Ni siquiera había contestado, pero aquel cacharro debió confundir las ondas de malos recuerdos, sensación de fracaso y horror al pensar en el futuro con síntomas de mentira, cuando me imaginé de nuevo con un auricular en la oreja y un pinganillo en la boca vendiendo tarifas planas a personas que, en el mejor de los casos, te piden por favor que les dejes en paz. Y esta vez sin siquiera el consuelo de llevar a casa lo ganado para construir un proyecto de vida junto a otra persona.
            Claro que quiero volver a trabajar pero, puestos a confesar, una vez que he aprendido a gestionar, aprovechar y disfrutar del tiempo de ocio para dedicarme a las cosas que realmente me gustan no quiero volver a hacerlo de teleoperador.
            Prefiero mil veces hacer cualquier otra cosa. Ganar dinero de cualquier otra forma. 
            No volver todos los días a casa con dolor de cabeza de tanto repetir el mismo argumentario y de pasarme horas metido en una jaula de grillos (literal, pero en vez de "cri cri", con el “buenas tardes/buenos días, mi nombre es… le llamo de… es para ofrecerle…”), acostarme con cierto remordimiento de conciencia porque a pesar de intentar ser lo menos rastrero posible para llegar a los objetivos de venta de la campaña mi Pepito Grillo me recordaba a cada segundo todo lo antagónico que era a mi escala de valores estar trabajando para una subcontrata que trabajaba, a su vez, para una gran multinacional capitalista, explotadora y que invierte en cualquier cosa antes que en la más mínima causa social.
            Seguramente porque cuento con el lujo de tener techo y comida asegurados por mi madre, pero de verdad que voy a agotar todas las posibilidades previas para no tener que volver a ese infierno del telemárketing. O, al menos, no en una campaña de venta. Lo de cubrir un puesto de atención al cliente todavía sí lo podría volver a hacer.
            Con todos mis respetos a las personas que se dedican a ello, que he conocido a grandes profesionales y, todavía más importante, grandes personas, cuando trabajaba en ese mundillo. Aprovecho para saludarlas a todas, que siempre se me dibuja una sonrisa en la cara al recordarlas. A pesar de haber sido un trabajo tan ingrato, se sobrellevaba por los buenos momentos de compañerismo y bromas con que amenizábamos las largas jornadas de curro.